Opinión Sociedad

El primer pogo: «En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel…de los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré…»

Hoy Argentina se juega el pase contra Países Bajos (la ex Naranja Mecánica de Johan Cruyff). Guido Bastus, un connacional en Qatar, describe el fervor entrelazado con la historia y el por qué del amor bangladesí por la celeste y blanca.

Por Guido Bastus

¡Messi, Messi! ¡Argentino! Me gritan dos bangladesís en plena calle de Doha, interrumpiéndome el camino a la fiesta de inauguración del Mundial. No me reconozco como el Diez, pero sé que me están llamado. Y sé que, otra vez, se viene el pedido de foto. Como a todo argentino que se digne que caminar por la calle con la celeste y blanca.

Les consulto a los simpáticos orientales de dónde viene tanto cariño por Argentina. Me muestran en sus celulares videos de caravanas, decoración en sus casas, todo adornado con nuestros colores. Les insisto por qué, y se abren de brazos, como no sabiendo la respuesta. Algunos elocuentemente me resumen: “Messi”. Otros simplemente sonríen con los ojos brillosos, todavía sin salir del asombo de ver a un argentino de carne y hueso, y arrojan algunas letras más: “Maradona”. He escuchado también que ellos, como otras naciones de medio oriente, en el ’86 festejaron la eliminación de Inglaterra, país que gobernó sus tierras, y desde entonces nació un amor incondicional por nuestro país. Pero pocos pueden poner en palabras una explicación.

Una vez en la ceremonia de apertura, entre las 40.000 personas de todo el mundo, los argentinos llegamos fragmentados, cada uno con sus respectivos y reducidos grupos de viaje. Después de algunas palabras del presentador y el Presidente de la FIFA, la organización se florea con una tremenda danza coordinada de drones brillantes, que forman figuras en el cielo. Una pelota de fútbol, dos jugadores disputándola, un símbolo de paz, la Copa del Mundo. Ilusionante. Seguido por los fuegos artificiales. De esos que terminan y uno se pregunta cuánta plata voló en tal fugaz pero brillante despliegue.

En el final de los fuegos, por costumbre, la explosión mayor. Todos juntos, al mismo tiempo, los ruidos y las luces más fuertes y asombrosas.

Pero los llevo al momento inmediato posterior. Al que le sigue a la última explosión. Ese punto de quietud que contrasta al ruido recién escuchado. Unos brevísimos segundos de total silencio, que suspende el mundo por unos segundos, mientras la gente se recupera de la impresión.

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Allí, en ese exacto momento, se originó en el público algo que nunca nadie planeó. Ni la organización, ni los bangladesís, ni los argentinos. Algo admirablemente espontáneo. Como un grito de guerra, como robots recién activados, entre la eterna e indiferenciable multitud, se escucha claramente: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel…”. Inmediatamente después, en otros sectores de la marea de gente y aún audible por el reciente silencio, replican otros argentos: “…de los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré…”

Como si fueran focos de incendio que se van encendiendo entre el público, toda la internacionalidad se ve sumisa ante la potente presencia de argentinos, que rápidamente se agrupan en un único sector para inaugurar el Mundial al unísono. Como si fuese la primera y última vez que pudiesen saltar y gritar por sus colores.

Ante la centralidad del descontrol, el evento queda virtualmente suspendido. No alcanzan las cámaras de los celulares para retratar y filmar a los animadores de la noche. El presentador del evento, rendido ante la situación, tímidamente intenta congeniar con los argentinos agrupados, que son mucho más potentes y llamativos que el ensordecedor sistema de sonido dispuesto por la organización. Seguido, el presentador pide silencio y cooperación a Argentina, pero nada alcanza para aplacar al verdadero show.

¿Por qué se activaron los focos de argentinos justo después del último fuego artificial? ¿Por qué los nepalíes, pakistaníes, indios, europeos, americanos y el resto de las almas del mundo se rinden ante un argentino, por el solo hecho de llevar la camiseta? ¿Cómo puede un juego de pelota, generar tantas emociones y sentimientos nacionales? ¿Por qué, a pesar de todos los problemas que tiene el país, tenemos más energía y pasión que todo el resto de los países presentes, y somos más orgullosos que nadie? ¿Qué parte de nuestra crianza, cultura e historia nos hace tan genialmente diferentes del resto?

Interrogantes que no tienen una respuesta certera ni mucho menos única. Pero que decididamente hacen al Mundial un lugar increíble. Un lugar para compartir nuestra pasión, y aprender de la cultura de otros. Haciendo del fútbol más competitivo y vistoso, una excusa perfecta.

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