Opinión Sociedad

Hasta cuándo vamos a fingir demencia

Terminó 2022 y, en contra de presagios insistentes, no explotó todo en la Argentina. El experto en consumo, Oliveto, avisó que este año no hay chances de hacerse los distraídos y fingir demencia.

Por Guillermo Oliveto (La Nación)

Fue un año durísimo. En 2022 flotó en el sentir popular, de modo permanente, la fantasmagórica sentencia que ya se ha transformado en un karma colectivo: “En cualquier momento explota todo”.

Durante el fatídico mes de julio, cuando el dólar subía de a 10 o 15 pesos por día, muchos sintieron que la profecía finalmente se transformaba en realidad. La inflación que mide el Indec fue de 7,4% ese mes y la de los bienes que se venden en Mercado Libre, de 28%.

Finalmente, el temido estallido de características indescifrables (cada cual lo imagina a su manera), por fortuna no ocurrió. Se puede saber cómo comienzan los incendios, pero es mucho más complejo pronosticar de qué modo evolucionan y, sobre todo, a quiénes afectan y cuándo terminan.

Sin embargo, mientras nos “embriagamos” con merecida justicia por el éxito de la Scaloneta y nos abrazamos con todas nuestras fuerzas a esa energía positiva y transformadora que emite esta nueva usina de sentido y de valores, podemos estar soslayando la existencia de un peligroso enemigo que se cierne sobre la sociedad.

Seguiría estando oculto durante un verano que se presume muy positivo. La imperiosa necesidad de sanación y “escape” se las ingeniará para lidiar con la restricción presupuestaria en, por lo menos, el 40% o 50% de la población que está en condiciones de premiarse a sí misma después de tanto esfuerzo y padecimiento.

La tan anhelada alegría será sostenida todo lo que sea posible, como esas réplicas de la copa del mundo que hoy pasan de mano en mano en tantos lugares donde se reúnen los argentinos, para repetir una y otra vez los rituales de la celebración. Incluso, algunos usan manteles para rememorar la “capa” de Messi. Ocurre en el asado con amigos, en un recital, una fiesta, un boliche, un bar, el atardecer en la playa, o en el río.

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Sin embargo, como en el cuento de Cenicienta, el temor a que en cualquier momento suenen las 12 campanadas del reloj y se rompa el hechizo, es una presencia latente.

En algún momento habrá que volver a conectar con la realidad. Acaba de comenzar un año electoral, en el cual se votará en algún lugar del país prácticamente todos los meses, a partir de febrero. Por más que la sociedad haya elegido de manera paliativa desconectarse de la política y del acontecer colectivo, refugiándose en lo estrictamente personal, en algún momento deberá tomar coraje y enchufarse otra vez a los 220 voltios. Habrá que votar en una decisión de fondo como es elegir presidente, gobernadores e intendentes, además de diputados, senadores y concejales. Con elecciones primarias y, luego, definitivas. Incluso, no concurrir a las urnas es también una decisión. No habrá ya dónde esconderse.

La estrategia de la “alienación consciente” que utilizaron los argentinos durante 2022 para evadir un entorno ominoso y tóxico al borde de lo insoportable, será mucho mas difícil de ejecutar en 2023. Con agudeza, sarcasmo y lucidez, la joven Camila lo bautizó en TikTok como “fingir demencia”. Brillante síntesis para explicar lo “inexplicable”. Especialmente, por el hallazgo de esa palabra que expresa las trampas al solitario que nos hicimos: no estamos dementes, solo lo fingimos. En el fondo, aunque nos hagamos los distraídos, sabemos lo que está pasando. Por eso, el “pánico Cenicienta” sigue ahí, acechante.

A la hora de listar amenazas económicas ciertas, concretas, tangibles, que podrían despertarnos abruptamente y deshacer la ilusión mágica, se visibilizan en la superficie las que todos conocemos: la inflación del 95% anual, el índice de pobreza, que rondará el 40% de la población, la falta de dólares que traba y complejiza el trabajo y la producción, una economía que tiene el mismo tamaño que hace 11 años y cuyos ingresos por habitante han caído 12% en ese período. Indefectiblemente “la torta es más chica”.

Algo que se puede ver con claridad cuando se analiza que el mercado de bienes básicos (alimentos, bebidas, cosmética y limpieza), a pesar de que creció 2% en 2022 según los datos de Scentia, terminó siendo un 10% menor que el de 2011. Otros ejemplos: se vendieron en 2022 unos 400.000 autos cero kilómetro; en 2013 fueron 955.000 y en 2017, 900.000. Si miramos el mercado de los inmuebles, la foto es similar. Mientras que en 2011 y en 2017 se escrituraron unas 64.000 propiedades en la Ciudad de Buenos Aires, en el año que acaba de concluir fueron unas 33.000. Casi la mitad.

Sin embargo, la peor de las amenazas es bastante menos evidente y excede la macroeconomía o el consumo. Se trata de un fenómeno que venimos advirtiendo de manera creciente en los relevamientos cualitativos del humor social que realizamos en W y Almatrends, sobre la base de Focus Groups y entrevistas en profundidad.

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El desgano por el presente y la falta de imaginario a futuro que provocaron la mencionada estrategia de “exiliarse en el territorio de lo individual” para esquivar los sinsabores de un entorno político y social que no te da ni te promete, está llevando a una parte de los ciudadanos a un terreno peligroso.

Ya ni siquiera se trata de la apatía o de la anomia, actitudes que socavan la pulsión vital, acercando a los individuos y a las sociedades al fangoso espacio de la depresión, sino de algo peor: el conformismo.

Con ciclos de decepción cada vez más cortos, convive entre los argentinos la bronca y el enojo por lo que ya no pueden, con el miedo a que las cosas empeoren.

En esa tensión, no todos, pero sí algunos, están optando por bajar la vara y acomodarse cual sobrevivientes a condiciones de vida cada vez más restringidas, asumiendo que el espiral descendente en el que ven al país podría estar lejos de concluir. Frente a la posibilidad cierta de seguir cayendo, se aferran a “lo que hay”, bajo el clásico argumento de la resignación: “Y bueno, podría ser peor”.

Mientras muchos temían la explosión, lo que se gestó debajo de la superficie es una implosión libidinal. La llama del deseo por progresar y mejorar está perdiendo fuerza en algunos ciudadanos, que van entrando en una “zona de confort” falaz. Se está quebrando la resistencia a la mediocridad. Lo que el lenguaje popular ha inmortalizado como “mal, pero acostumbrado”.

Si, como señaló el economista americano Orley Ashenfelter, “todo buen paper empírico debiera poder reunirse en un solo número”, en este caso ese indicador cuantitativo que haga las veces de síntesis bien podría ser el ingreso en dólares. En 2011, el salario promedio de un empleado en relación de dependencia era de 1500 dólares. En 2017, de 1700 dólares. Concluimos 2022 con un valor de 520 dólares. Todo medido al valor del dólar blue, que es el que la gran mayoría de la gente toma como parámetro para su vida cotidiana.

Con estos ingresos en dólares, resulta bastante sencillo comprender por qué el mundo nos queda cada vez más lejos, o los motivos que hacen que, entre los jóvenes de clase media, predomine el discurso del exilio, ya no simbólico sino real, más allá de cuántos concreten el plan. Es “el tema”. También puede entenderse por qué compañías cómo Falabella se fueron del país y no fueron reemplazadas. 

Sus dueños, en simultáneo, llevaron IKEA a Chile. Marcas cómo Nike entregaron sus derechos a un distribuidor y Latam se retiró sin ánimos de volver. Cito solo tres ejemplos, entre muchos; son casos que para el consumidor promedio son relevantes. ¿Se puede vivir sin esas empresas? Obvio que sí. Como también sin tantas otras cosas. Lo que no se puede obviar es que tanto esas salidas como la no llegada de muchas compañías, marcas e inversiones que hoy desembarcan en Uruguay, Chile, Paraguay o Colombia, constituyen un escenario de consumo más limitado.

La contra argumentación a este análisis está a la vista. ¿A quién pueden preocuparle tres, diez o veinte empresas, en un país donde cunde la pobreza? ¿Qué importa tal o cual marca, mientras tanta gente no accede a lo básico?

Esta línea de pensamiento no solo desconoce las implicancias del consumo y las marcas para la sociedad contemporánea, o la lógica del capitalismo global en la cual la inversión privada, estimulada y promovida por el Estado es una fuente de trabajo y crecimiento, sino que también, y especialmente, olvida la esencia de la argentinidad.

En una sociedad donde el ADN está definido por los valores de clase media, el sueño de la movilidad social ascendente es el motor del ser nacional. El esfuerzo, el mérito, el progreso y la idea de un futuro mejor son cuestiones intrínsecas a nuestra convicción colectiva más íntima. Tiene que ver con los sueños y los proyectos. Con la idea de imaginar en el futuro una vida mejor y convocarse, desde allí, para hacer el esfuerzo de recorrer esa camino. De manera consciente e inconsciente constituyen la amalgama de los múltiples fragmentos que dan forma a ese nosotros que se ha vuelto tan difuso en los últimos años.

Un nosotros que ha vuelto a emerger en el triunfo futbolístico, pero que podría ir mucho más allá. El clic cultural que habría provocado la Scaloneta con Messi como arquetipo de una nueva generación – basta ver la fascinación de los chicos con su figura para comprobarlo –, podría llegar a operar como un despertador que vuelva a inspirar a los argentinos, haciéndoles recuperar su histórica vocación fúndante por “ir a más”.

Esa vocación que detectó y tan bien supo describir el filósofo español José Ortega y Gasset sobre el ser nacional, durante sus varias estadías en nuestro país.

En su primer viaje ocurrido en 1916, admiró la curiosidad, la perspicacia, la pujanza y la calidez de nuestro pueblo, bautizando ese conjunto de atributos como un “optimismo aspirante”.

En su segundo viaje, en 1928, un poco más descreído, se preguntaba si no era la nuestra una sociedad que, al haber nacido en la abundancia, le escapaba al esfuerzo continuo que era necesario en el presente para vivir en la ilusión de una buenaventura futura. Lo llamó “la huella dolorida y romántica de una existencia que no existió”. Encontró esa especia de melancolía permanente en un pueblo que, desde su punto de vista, tenía una “valoración hipertrofiada del Estado”, al que todo le pedía, sin lograr “habituarse a la competencia”.

Finalmente, en su tercera y última estadía que se extendió entre 1939 y 1942, Ortega, un poco cansado de advertir sobre ese potencial que se ahogaba en la falta de constancia y perseverancia, emitió una de sus consignas más famosas en relación a nuestro ser nacional. Fue cuando dijo, en una conferencia que brindará en la Universidad de La Plata: “¡Argentinos a las cosas!” .

Para cerrar las referencias de este gran filósofo español que pueden inspirar nuestro futuro próximo, cabe citar otro de sus pensamientos más célebres. Si bien el fragmento más famoso de su idea es: “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo cual ya dice mucho, la cita completa es: “Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo” .

En este 2023 ya no tendremos chances de hacernos los distraídos, ni de refugiarnos en lo meramente individual desatendiendo lo colectivo. Tampoco podremos seguir “fingiendo demencia”. Habrá que enfrentarse cara a cara con la realidad y decidir. Mal que nos pese, y con todas las dificultades del caso, llegará la hora de hacernos cargo de qué queremos.

  • Imagen icónica destacada del cierre de 2022: la celebración del campeonato mundial en el Obelisco

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