Toque Hache

¿Qué le gana al orgullo y la arrogancia?

En "El hombre que amaba a los perros", Padura deja expuesta la irrelevancia de todo egocentrismo humano frente al inmenso poder de lo eterno, o a lo que más se le asimila: los restos vibrantes de la naturaleza.

Si algo nos enseña la historia, es la banalización de nuestros errores. ¿Qué tan grave puede ser una equivocación? En todo caso, ¿qué es una equivocación? ¿Por qué habría de preocuparnos?

Haga lo que uno haga, nada es tan grande como la fuerza de la naturaleza. Ninguna inventiva humana puede contra los vientos y los mares, excepto que de superpoderes se esté hablando. Pero como por el momento los humanos no somos ese alienígena capaz de construir y destruir a disposición de un botón, debemos conformarnos con la grandilocuencia de nuestros pensamientos y la ridiculez de nuestro orgullo.

¿Por qué nuestro orgullo es ridículo? El orgullo tiene su función, su utilización estratégica. Pero cuando se trata de la mera arrogancia, todo se vuelve mucho más diminuto. Se es pequeñito. Y para alcanzar la vista de un horizonte despejado, el amor por lo que nos rodea debe ser más grande que cualquier amor a nuestras propias palabras.

Veamos una frase del libro «El hombre que amaba a los perros», obra del cubano Leonardo Padura, quien narra el exilio de Leon Trotsky (o Liev Davídovich) durante el stalinismo en Rusia. Padura describe cómo los habitantes de las zonas más heladas del país adoraban las piedras. Y lo hace de esta forma:

«… le habían servido (a Trotsky) para descubrir lo fútil de todos los orgullos humanos y la dimensión exacta de su insignificancia cósmica ante la potencia esencial de lo eterno«.

A quien el haya gustado, acá sigue el desarrollo de la idea:

«Las oleadas de nieve que caían de un cielo de donde se habían esfumado las trazas del sol y amenazaban con devorar todo lo que se atreviera a desafiar su demoledora persistencia, se revelaban como una fuerza indomeñable, a la cual ningún hombre se podía enfrentar: suele ser entonces cuando la aparición de un árbol, el perfil de una montaña, la quebrada helada de un río, o una simple roca en medio de la estepa, se transmutan en algo tan notable como para convertirse en objeto de veneración: los nativos de aquellos desiertos remotos han glorificado las piedras, pues aseguran que en su capacidad de resistencia se expresa una fuerza, encerrada para siempre en su interior, como fruto de una voluntad eterna».

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