Por Sergio Sinay
Necesidad y deseo no son sinónimos. “Necesito” y “quiero” no significan lo mismo. Las necesidades no pueden no ser atendidas. De ellas dependen, en el orden en que las fijó el psicólogo humanista Abraham Maslow (1908-1970), nuestra supervivencia física en primer lugar, nuestra existencia social, emocional y afectiva y, como culminación, nuestra realización, la comprensión y concreción del sentido de nuestra vida. Son pocas, pero ineludibles. Y cuando están atendidas vivimos en paz interior y armonía externa.
Los deseos, en cambio, son infinitos. Su función es desear, no se agotan, nunca proporcionan calma y serenidad, una vez que un deseo es saciado da paso inmediato al siguiente y así, sin cesar. No queríamos lo que deseábamos. Queríamos desear.
Los deseos son el motor del consumismo y de sus consecuencias más graves: la depredación del medio ambiente, el olvido del otro, la incitación al hedonismo egoísta y el sostén de un sistema económico generador de desigualdad y devastador del hábitat y las relaciones humanas. Decía Gandhi que el verdadero progreso social depende de reducir los deseos y no de aumentarlos, algo para lo cual se necesita una humildad que no es habitual.
Vienen tiempos difíciles, inevitablemente austeros. Tiempos de distinguir entre deseos y necesidades. Un ejercicio arduo, porque hemos creído (falsamente) que muchos deseos eran necesidades. Tiempos de revisión de valores, de transformación mental. En su hermoso y revelador libro titulado “Moralidad”, Lord Jonathan Sacks (1948-2020), gran rabino de Londres, dice que los bienes materiales disminuyen cuando se comparten, mientras los bienes morales y espirituales se multiplican al compartirlos. Ocurre con el amor, la compasión, la aceptación, la generosidad, la cooperación, la empatía. En las sociedades donde estos prevalecen, dice Sacks, el “nosotros” se impone al “yo” y la libertad no existe sin responsabilidad. Es tiempo de saber necesitar.


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