Por Sergio Sinay
Hay demasiada guerra en el mundo. Y no solo en los campos de batalla. En la vida cotidiana, en las interrelaciones personales, en lo privado y en lo público. De hecho, el siglo veinte fue el más violento en la historia de la Humanidad, y el veintiuno va en camino de superarlo. En todos los ámbitos y por cualquier motivo la confrontación desplaza a la colaboración. Cada vez se acepta menos que nadie es dueño de una verdad absoluta, que todos tenemos una perspectiva de la verdad (sea esta la que fuere) y que difícilmente podremos conocer más de ella si no es escuchando la perspectiva ajena y cotejándola con la nuestra.
Tendemos a escuchar, a leer y a reunirnos sólo con quienes piensan como nosotros, y por ese camino terminamos creando tribus cerradas, que nos empobrecen, que no se nutren de lo diferente, que no lo toleran, aunque después nos llamemos tolerantes. Esas tribus de “nosotros” desconfían y sospechan de los “ellos”, los otros, los que no pertenecen. Los consideran peligrosos y elevan muros y preparan cañones contra ellos. Muros y cañones de agresiones verbales, de desvalorización, de desprecio, de sordera. Nos metemos en esos refugios a prueba de diversidad, de contacto real y tangible con lo diferente, sin advertir que, a nuestra vez, nos convertimos en los “ellos”, los peligrosos, los rechazados, de los “nosotros” que nos rodean.
Así empieza el aislamiento, primero el grupal y luego, dentro de cada grupo, de cada tribu, el individual. Cada uno escondido en su mismidad, rodeado de artilugios tecnológicos que lo ayuden a prescindir de los demás, hasta el día en que, cuando advirtamos que los necesitamos, que sin el otro nadie nos mira, nos reconoce, nos llama, nos nombra, y clamemos por su presencia, nuestra voz no traspase el grosor de los muros. O clame en el desierto.
La guerra no está solo afuera y lejos. Se nos metió adentro.
- Imagen destacada: Julio Cortázar y Ernesto Sábato en un local de comidas en la ciudad de La Plata


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