Por Álvaro López Meilán
A muy pocas calles del apartamento que alquilaba en la ciudad de Las Palmas de Gran Canarias se encuentra la Plaza de Santa Ana. Allí están las estatuas de 8 perros realmente magníficos, realizados, según se cree, por el artista Alfred Jacquemar, un parisino, en 1825. Aunque no se sabe con certeza ni la razón, ni de qué manera, fueron a parar a ese sitio, ya que estaban destinados a una ciudad del sur de África. Todo parece un misterio sobre ellos, e inclusive se habla de otros posibles autores de las obras.
Lo cierto es que tal vez, sean quienes fueren, se dieron cuenta de que el término “Canarias”, proviene de la palabra latina “canis”, perro, debido a la cantidad de estos animales, de buen tamaño, que el rey Juba II de Mauritania encontró en su lejano paso por el archipiélago.
A pesar de que todo esto es verdad, y aunque yo pasaba muy seguido por el lugar sin prestar demasiada atención, lo que realmente hizo volar mi imaginación por aquel entonces – ver foto -, fue la lectura del libro “FAYCÁN: MEMORIAS DE UN PERRO VAGABUNDO”, escrito por Víctor Doreste, muchos años antes, en 1944.
Faycán – un nombre con mucha historia, ya que era la denominación de los máximos sacerdotes de la antigua cultura que habitó las islas- , era un perro vagabundo que siempre merodeaba la plaza del mercado y la zona del barranco. Había formado un grupo de canes alegres y audaces que soñaban con ser felices sin perder nunca su libertad. No querían ningún amo. No lo necesitaban. Y solamente veneraban a sus antepasados que habían luchado fieramente contra los hombres que invadieron sus territorios.
Pero a fuerza de experiencia, sabían que nunca se verían libre del desamor, de las cadenas, ni de los malos tratos de los humanos invasores. Y, al parecer, cuando osaron ponerles collares, el cuerpo de Faycán y sus amigos – cuenta la fábula -, tal vez por “mandato divino”, se convirtieron en frío bronce, evitando así el sufrimiento que el futuro les deparaba.
El autor del libro les da nombre a todos ellos. Más allá del propio Faycán estaban Aterura, Mogano, Doramas, Tindaya, Bentayga, Tenoya y Tirajano.
Los 8, misteriosamente, parecen estar allí, de bronce, en la Plaza Santa Ana, esperando las caricias que “en vida” no tuvieron jamás. Por supuesto, yo se las di generosamente… por las dudas de que la leyenda fuera cierta…


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