Todos nos hemos desesperado alguna vez. Si fue hace mucho, enhorabuena. Porque la vida trata de jugarla de campeón el mayor tiempo posible. Pero no de ese campeón idiota que se puede pensar tan fácilmente. Sino de un campeón/a que le ganó a sus propios demonios. Que sabe que se quedan ahí, acechando, y que van a querer la revancha varias veces. Pero también puede que gane como la selección argentina. Con sufrimiento, pero con la copa al fin.
Una vez que se crece, es difícil mandarse solo. Pertenecemos a una sociedad. Veamos qué es lo máximo que puede ocurrir si se quiere cortar el tronco de nuestro árbol en esta selva diversa.
La naturaleza humana que habitamos es cada vez más tóxica. Se pierden las relaciones, los vínculos son más pobres, y las amistades se diluyen en la pantalla. Por supuesto que las nuevas tecnologías traen ventajas, pero la debilidad de las voluntades se doblega muy fácilmente al placer de los estímulos.
¿Qué ecosistema hemos construido y por qué elegimos preservarlo? Mientras la naturaleza capitalista sigue su curso, nosotros nos amoldamos a lo que nos ofrece. Y entiendo que en los aspectos constitutivos del ser humano hay tres grandes ejes: el amor, el dolor, y el deseo.
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La historia comienza con la semilla. Ese bebé, esa niña que nos mira con sus dulces ojos, crecerán y se incorporarán al mundo de los adultos. En principio, allí no habrá vuelta atrás. Es como subir a un barco que cuando zarpe mantendrá a los navegantes en el mar abierto durante meses, y que probablemente los lleve a los lugares más recónditos de los océanos. La opción más desesperada es saltar.
Sí, el suicidio. Pero habiendo tantas otras opciones, ¿por qué pensar en la que menos nos conviene? Nos quita la vida, que es lo más valioso que tenemos. No importa si perdemos la felicidad, no importa si perdemos la dignidad. Nos queda la vida.
Sucumbo ante la lógica mercantil: ¿Quién entregaría un billete de 10.000 pesos para recibir uno de 100?
Es que el encierro propio que lleva a saltar a la muerte se ve impulsado por un creciente dolor que no ve tierra firme, es decir, amor o deseo.
Pero la vida es algo inexplicable. Por algo los mejores momentos no pueden ser escritos o pintados. Las grandes obras de arte son solo un boceto de lo que hemos vivido, vivimos, y vamos a vivir.
Porque el artista expresa los sentimientos. Pero los sentimientos se viven, con vida. Múltiples opciones hay por delante, y gritar es una de ellas. Enhorabuena si resulta ser un grito de victoria. Y sino, bueno, el partido sigue. Y el barco también.
Foto destacada: «Dos seres humanos», de Edvard Munch.


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