Literatura

Víctor, el victorioso

Víctor convivió con la mala suerte gran parte de su vida, desde su infancia, donde, a pesar del apoyo maternal, sufrió acoso escolar. A sus 42 años ocurre un terremoto, el cual tarde o temprano, le iba a llegar.

Víctor tenía una deplorable mala suerte. Y para agregar adversidades, de pequeño sufrió abusos psicológicos. El primer día de clases, en un año avanzado de la escuela primaria, los futuros niños rompecabezas escucharon cómo su madre lo presentaba a las profesoras: «Este es mi niño. Víctor el victorioso», dejando una orgullosa sonrisa que comenzaba a verse con la pronunciación de las últimas sílabas.

El buen orgullo, el que no daña a los demás, es algo aun limitado para los que recién se incorporan a la vida en sociedad, quienes, con toda razón, buscan su satisfacción, y eso los hace seguir siendo alimentados y cuidados. Necesitan recibir atención. Pero ese orgullo, ese ego inmaduro, puede llevar al capricho.

Una gran forma de lidiar contra el capricho sería captando concienzudamente la realidad. Camino contrario tomaron estos compañeros de grado de Víctor que, con una maldad descontrolada, empezaron a joderlo usando esta frase cada vez que el muchacho personificaba la vergüenza.

Al caerse el lápiz de entre sus dedos, el público gritaba: «¡Víctor, el victorioso!». Al verse rechazado en pleno recreo por alguien que no quiso jugar con él, los molestos gritaban: «¡Víctor, el victorioso!». Al errar en el pelotazo al arco en la hora de educación física, una vez más: «¡Víctor, el victorioso!», decían los pandilleros entre risas.

La reacción de Víctor era quedarse ahí, en la escena de su mismo tormento, mirando al piso con la cara seria. Se sumía en el silencio para luego ir al baño a sentarse sobre la tapa del inodoro y cerrar sus ojos. La furia lo envolvía como las cintas de lino a una momia, con la diferencia en que la ajustada tira blanca venía de dentro hacia afuera. Nacía de lo más hondo de su pecho. Y ahí quedaba, sin que se le pueda caer una sola lágrima.

Al volver a casa, recibía el cariño de su mamá. Sus besos, sus cuentos y las risas juntos lo hacían olvidar lo que había pasado en la escuela. Para el momento de ser arropado, nada quedaba del dolor, sino que se iba a dormir con los ojos cerrados, esta vez con una sonrisa de felicidad.

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Al día siguiente, tocó ir a trabajar. Víctor ya tenía cuarenta y dos años, y la misma mala suerte, esta vez con las consecuencias de la crueldad de los adultos. En esta dimensión los episodios eran menos frecuentes, pero cuando golpeaban, lo hacían duro.

Al quedarse dormido en un caluroso día de comienzos de marzo, salió en un auto contratado a través del celular para llegar lo más pronto posible al club. Era el que alisaba las canchas de tenis, entre otras tareas diversas. El trabajo lo consiguió gracias a su madre, a quien hacía al menos un par de años que recordaba con mucho amor.

Al subirse al coche taxi del siglo XXI, saludó con su amabilidad de siempre, dando pie a una charla, con la voz algo ronca. El conductor, de poca habla, saludó sin prenderse a la conversación.

Al llegar a destino, el conductor le dijo, con una mirada pecadora, un precio mayor al que había aparecido en la aplicación. Víctor no supo qué decir. Ante la seriedad del que le exigía el dinero, se lo dio y se bajó del auto consternado, sin dicción. Atravesó la puerta del club, dejó la mochila en el cuarto de empleados y se fue directo al baño. Lloró incansablemente, con las manos limpiando sin parar las lágrimas en su rostro.

Pasados unos minutos se recompuso y se miró al espejo. «Esto se termina acá», dijo con una determinación nunca antes expresada. «No me van a pasar por encima, y tampoco me voy a volver loco por querer que me respeten todos los simios». Salió de allí y comenzó su jornada laboral, con sus labios felices, sabiendo que empezaba la época de Víctor, el victorioso.

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Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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