Literatura

La señora fantasma y su luna cómplice

Un colectivero experimenta una noche paranormal, donde los guiños de lo inentendible lo dejarán perplejo. ¿Cuál será su respuesta ante el misterio?

La vez que vi un fantasma por primera vez estaba más feliz que de costumbre. Me calcé mis zapatillas favoritas y me fui a la terminal de colectivo donde trabajo. Allí saludé a mis compañeros, tomé un par de mates antes de arrancar la vuelta, y me fui directo al coche.

Ser colectivero en la gran ciudad es bastante inhumano. Los pasajeros te ven mal, porque no les paras, porque seguís de largo, pero no entienden que viene otro atrás y que a uno lo corre el tiempo. Ni siquiera se toman la molestia de ver el reloj que tenemos al lado del volante, a nada de distancia de donde ellos pagan.

Igual, ahora la gente saluda al subirse. Antes nada, como si uno fuera una pared. Y también puede que tengan razón en que ningún otro móvil viene detrás, por lo que tendrán que esperar media hora más. Pero que vengan ellos a estar todo el día acá sentado, con las exigencias que nos pone la empresa y la locura de la urbe.

De todas formas, la cosa no viene para despotricar al público, sino para contar una experiencia paranormal de una fría noche de otoño.

El colectivo estaba casi vacío. Eran las doce con seis minutos. Lo recuerdo con tal precisión porque algo me hizo ver mi celular. Esa hora tan particular me quedó grabada. Es entonces cuando sube una señora, de alrededor de sesenta años, con pelo canoso.

Mi abuelita me decía que era mejor no hablar de estas cosas. Que pasaban, pero que había que dejarlas ir tal cual habían llegado. No andar investigando, y mucho menos preguntar. Y así hice aquella noche, a pesar de lo mucho que me hubiera gustado saber.

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La señora no se sentó al lado mío, en las butacas con vista al frente, sino que eligió unos lugares un poco más atrás. Me llamó la atención, ya que se puso a conversar conmigo cuando pagó su boleto. Yo venía cantando, a voz demasiado alta. Al mirar cómo estaba todo por el corredor, la veo que me mira fijamente, con sus ojos blancos y redondos.

Para mi, las brujas son como las guerras. Uno sabe que creer en ellas es la decisión equivocada, pero toman más sentido en los momentos de desesperación. No justifico la destrucción, pero se vuelve más entendible.

De repente miré por el espejo retrovisor del interior y ya no estaba. El único con control de las puertas, por supuesto, soy yo. No las abrí desde la última vez que la vi allí sentada, que sería diez cuadras atrás más o menos. Tampoco habían tocado timbre. Y ella se había desvanecido.

El resto del turno lo hice con el ceño fruncido de interrogación. Llegué al fin del recorrido, dejé el coche, despedí a mis compañeros lo más rápido posible, y me fui para mi casa caminando, ya que vivo a unas cuadras de la terminal.

Era noche de luna llena. Antes de entrar, ya con las llaves en la mano, veo el luminoso astro. Sin querer, me pasé minutos viéndolo. De un segundo a otro, le nació un movimiento a la luna. Me había guiñado un ojo. Y con ello me consideré listo para irme a dormir. Sin preguntas, por el hecho de que no había quien me las pudiera responder.

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Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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