Cuento Reflexión

Vengo a hablar con Dios

Un ángel que aguarda su encuentro con el señor de los cielos, repasa el episodio que lo tiene conflictuado. Inevitablemente se sumerge en interrogaciones sobre los seres humanos, y las formas de lidiar contra aquello que daña.

Por Eduardo Córdoba, a secas (por ahora)

– Buen día. Vengo a ver a Dios.

– Buenos días. ¿Tenía cita?

Sí, ya sabe de mi llegada. No es tan importante como la de Jesús, pero… – dijo el visitante, aguardando una risa del otro lado.

– Mjm – gorgoreó con seriedad la secretaria.

Vaya, se que están en cosas importantes, pero no pierdan el sentido del humor – le dijo sin enfado el visitante, pero con firmeza ante el desprecio de su chiste.

– Ya está registrado. Espere en el salón de allá.

El hombrecito aguardó en una sala que estaba vacía de gente y de muebles. Ello lo incentivó a repensar su día y lo que le iba a decir a Dios.

Meterse o no. Su decisión fue no hacerlo. La primera impresión que tuvo fue de extrañeza. ¿Qué hacía en la calle un hombre, oculto detrás de la ventana, filmando con su celular a unos niños que jugaban en un departamento de Planta Baja con vista al frente? 

Tenía tiempo suficiente para bajarse del colectivo y acercarse a preguntar. O preguntarle a los chicos si sabían que los estaban filmando. ¿Podía ser un padre que estaba haciendo un vídeo? Podía ser. Pero el hombre estaba escondiéndose. Y lo peor de todo es que la gente pasaba por al lado, sin decirle nada, sin parecerle extraño. 

Si bien era de noche y la calle estaba casi oscura, con un poco de atención era visible el hombre que filmaba. Además había bastante tránsito, tanto de gente como de autos. Fue esa la razón tal por la que el colectivo estuvo al menos un minuto parado, mientras el conflictuado pasajero veía al camarógrafo, al que al menos tres personas le habían pasado por al lado. Fue entonces cuando éste decidió dejar de filmar y correrse hacia un costado, más lejos de la casa. Se quedó ahí parado, mirando el celular.  

El ángel podría haberse bajado, sabiendo incluso cómo reaccionar. Al no hacerlo se sintió un cobarde. “Carezco de valentía”, se decía a sí mismo. Pero a la vez, como es parte de su naturaleza, analizaba la postura contraria: “¿y si evité que el súper salvador dentro de mi creara un conflicto?”. 

Como buen sabio de las órdenes del cielo, no se dejaba dominar por los impulsos. Pero le daba rabia el hecho de dejar pasar una injusticia. En caso de que lo fuera y se estuviera tratando de un pedófilo, ¿qué le habrá pasado en la vida para hacer semejante cosa? ¿por qué recurrió al abuso infantil y la perversión? 

«No puedo salvar a los niños y a la vez al abusador. No me metí. No hablé con ninguno”, se criticaba a sí mismo mientras esperaba la audiencia inédita con el Jefe Supremo. De repente le llegó como un susurro la frase “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Mmm… ¿habrán pecados y pecados?  

Ante esto inmediatamente volvió a cuestionarse. ¿Por qué una cosa sería más injusta que la otra? Y la gran pregunta que tenía preparada: ¿Cuál es la solución a todos las faltas y maldades? 

Por alguna razón existen la policía y las leyes, que deben garantizar la seguridad y la integridad de las personas, pensó. Aunque en los mismos códigos penales se tipifica qué delitos son mas graves que otros. El acto del abuso tiene una condena que gritarle a alguien no. Es decir que el mal y el bien existen con claridad. A pesar incluso de que estos puedan banalizarse. 

La misma pregunta le seguía rondando por la cabeza: ¿tendría que haberse metido para hacer justicia, o habría causado un problema a causa de su orgullo? Todos somos susceptibles al ego, pero hay situaciones que requieren una corrección. ¿Era esta una de ellas? 

Esperaba que Dios le diera la respuesta. Ya habían transcurrido tres horas en la espera, cuando de pronto vio que empezaron a apagarse las luces. “¡Oiga, oiga! ¡Sigo aquí!”, le dijo a la secretaria que lo había recibido. “Para empezar, no me llamo Olga. El señor hoy no podrá atenderlo, por lo que le pido que venga otro día”, respondió la ahora simpática mujer con una sonrisa entre sus labios. 

Enojado, el ángel se fue y quedó pensando aun mas luego de la frustrada entrevista, donde esperaba un alivio entre tantas preguntas. 

En la parada de buses voladores, un hombre de lentes lo miró y al ver su semblante le indagó sobre su estado de ánimo. “¿Y si Dios no existe?”, fue la respuesta del ángel. 

“Si Dios no existe, con más razón debemos ser comprensivos y no juzgar tan categóricamente. Estudiar las leyes e intervenir en la política será bueno si quienes lo hacen son personas con pensamiento crítico, que a pesar de su falta de valentía o abundante imprudencia, puedan pensar en el otro. Para una vida mejor. Para que haya menos víctimas de quienes no pueden controlar su existencia humana”, dijo el señor de lentes redondos. 

“Creo que lo entiendo… construir mi vida, para recibir el menor mal posible, pero por sobre todo para yo no hacerle daño a otros”, dijo el ya no tan angustiado hombrecito, por lo cual recibió un guiño de su inesperado interlocutor, que se desvaneció en el aire, sin dejar rastro ni mancha. 

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