Literatura

Juanjo y Rama, dos honestos lastimados

Teniendo tantas comodidades materiales, estos dos personajes no dejan de sufrir. Recuerdos de la ilusión frustrada, de la más inmediata, quizá reflejen una incógnita con inicio en la infancia. Preguntarse por qué fue y no fue pareciera inútil. Hacer y ver ahora las riquezas presentes, no tanto.

Por Tomás Lafuente Deldolor

En un lujoso edificio sobre la Avenida Belgrano, en el centro porteño, trabajaban Juanjo y Ramiro. Ambos tenían una alta posición en la empresa, cuarenta años de edad, y estaban sin pareja. Juanjo era economista. Vivía solo en un departamento con su gata. La manera que encontró para ser visto fue la mentira. A quien se cruzaba, le decía un mínimo de dos. Si eran menos, vaya ¡pero qué fracasado se sentía!

Rama era un adulto guapo, también solitario, pero con un perro y acostumbrado a salir a caminar. No hablaba con nadie. Como abogado sentía que tenía suficientes discusiones con sus casos.

Tenían una ocupación que les permitía gastos tan elevados como fuera posible en la clase media, y los más básicos de una pobre clase alta. Auto y casa propia; varios dólares de ahorro; degustaciones semanales en restaurantes gourmet; actividades excéntricas; ropa y dispositivos de última generación.

Se sentían solos y desgraciados, casi que literalmente. Juanjo trabajaba en el piso 22 y Rama en el 23. Ninguno llegaba al 24, donde se encontraba Graciela, la señorita de la que estaban enamorados. ¿Era amor o solo una ilusión? No lo sabían en verdad, pero cada vez que se la cruzaban en la entrada del rascacielos, aparecía ese indescriptible calor interior.

«Qué injusto. Esta emoción que me nace al verla, no solo se desvanece cuando me doy cuenta que es una mera fantasía que vuela sobre fuego, sino que me hace caer en la llama ardiente«, pensaba Juanjo, el más reflexivo de los dos. Con su edad ya sabía lo que le pasaba, pero por más décadas de experiencia, la frustración le seguía doliendo.

Rama, en cambio, sabía que no había frustración, porque era consciente de que estaba proyectando sus deseos en otra persona. Iba más allá: «¿por qué me genera estas emociones?». Pensaba en su madre, en su infancia. En lo individual que se había vuelto todo. Hasta los paquetes de productos en el supermercado se vendían en envases separados.

Los dos también sabían que la muerte no era la salida. Hacía rato que descartaron ese engañoso pensamiento que los hacía odiarse y querer salir del mundo. Ahora vivían, con dolor, pero vivían.

«Existe un solo pecado. Es no valorar los amores presentes, para sufrir por una pérdida pasada«, se dijo a sí mismo Juanjo al levantar su cabeza. Ya no cedería a aquella autoflagelación, por más justificaciones que le diera «su corazón».

Es que ¿lo que lo enganchaba a esa imagen desconocida era amor genuino, o un amor mentiroso? Quizá un poco de ambas, de ahí la frustración y lo punzante del sentimiento.

Vencidos por el amor romántico que no quería aparecer, cada uno se preguntaba desde su propio dormitorio cómo se reconstruirían de esta nueva destrucción. El mundo se había acabado muchas veces para ellos, y Graciela era un apocalipsis más. Saberlo les sacaba incluso más sangre, porque relativizaba la herida de punta a punta que sentían.

La nueva era, según pensaba Juanjo, debía ser mejor que la anterior, pero con convicciones firmes que muestren coherencia entre el sentir y las elecciones de vida. Eso, la honestidad consigo mismo, era lo que hacía valer la pena volverse a lastimar.

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