Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba
La herencia se divide en dos: la material y la inmaterial. A lo segundo también se lo conoce como “espiritual”, pero evito esa palabra ante las reticencias de quienes desconfían de lo sobrenaturalmente desconocido. Quizá no les quede mucho tiempo de incredulidad. Pues no es hasta la muerte de la madre que los hombres empiezan a ser presa de las brujas y brujos.
Recién en ese momento, cuando la compañía espiritual de una madre de amor se desvanece para siempre, es cuando éste es susceptible a creer en falsos profetas.
Sitúo el papel paradigmático en la madre, pero para quien haya tenido esta figura ausente, cualquier otro gran amor es equivalente. Lo importante es que sea alguien a quien se le confirió la total sinceridad y confianza, particularidad de la niñez.
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Es que el verdadero guía es ese amor, esa figura que estereotipadamente vemos en el niño-adulto con su madre, padre, o tutor. Quien tuvo el gozo de ser querido en su infancia, abastecido de lo más básico -o ante la ausencia de estos recursos, acompañado de la creatividad de los artistas que lo criaron-, conoce esta guía.
Si cada uno está hecho con las variadas y subjetivas historias que lo entretienen, es la ternura fraternal una de las más poderosas. Aquella que tan fácil se olvida al madurar biológicamente. Al ingresar a la sociedad que pocas caricias da, y mucha sobre exigencia que en el maltrato impone.
Por supuesto que todo es materia de olvido, y que el engañoso «reemplazo de un amor por otro», puede conseguir que la nafta siga tirando. Pero quien se encuentra irremediablemente con su corazón desnudo, deberá elegir entre seguir fingiendo o sincerarse a sus adentros.
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Es entonces cuando uno se encuentra con la herencia. Eso que nos dejaron nuestros familiares, ancestros, compatriotas. Eso que está en lo más oscuro de la historia nuestra. Aquello que hace retorcernos sin saber por qué, y para cuando hay una razón, volvernos hacia el otro lado insatisfechos.
La maldita herencia, o la herencia maldita. Cuando recibimos algo que puede traer más de lo que deja entrever ¿qué hacer? ¿deshacerse de ello, o mantenerlo hasta que los espíritus se calmen? Con la segunda opción se corre el riesgo de que estos se arraiguen cada vez mas a las paredes, al punto de que su molestia se naturalice y se olvide la raíz del mal.
Resulta muy sencillo y tentador echarle toda la culpa a una cosa, al pasado, como si nuestras acciones no importaran. Sí importan. Importan tanto como tomar lo sinceramente querido, y dejar ir aquello que no coincide con nuestras (malditas) intenciones.


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