Reflexión

Despidiendo a la niñez

Crecer es dejar atrás, pero también significa aprender. La vida tiene muchas sorpresas que nos hacen ver las cosas de forma diferente. ¿Cómo influye nuestro inconformismo en todo esto?

La vida es hermosa, y una de sus tantas hermosuras es el paso de una edad o etapa a la otra que le sigue. Y qué hermosa es la niñez. La adultez también, pero indudablemente distinta. A veces se quiere lo que no se tiene, y si hablamos de edades seguramente habrán varios que quisieran cambiar de edad, pero ¿serviría eso de algo?

Hasta ayer yo era un pequeño anarquista que gritaba, lloraba, opinaba y reía sin vergüenza. Ahora, entrando a la edad adulta con 19 años, tengo ante mis ojos un paisaje diverso e incierto, y al mismo tiempo se encuentra un barco a mis espaldas.

Estoy en un puerto. Por delante está lo que viene; lo bueno, lo malo, lo depre, lo excitante; la vida en sí. En cambio, el barco del que hablo es aquel del que me bajé hace no mucho. Ese vehículo marítimo representa el “pasado” que en realidad forma al presente, porque todos y todas convivimos con lo que fuimos y sentimos alguna vez. ¿No son acaso los hechos ocurridos – sean del tipo que sean, más o menos próximos – la raíz de nuestros sufrimientos y alegrías actuales?

Le digo adiós, pero me cuesta. Siento que estoy en mis últimas oportunidades de recordar lo que es ser un niño, un niño de verdad. Quizá sea cierta esa idea de que llevamos un infante dentro, pero asumamos la realidad: nunca más seremos igual de vulnerables y libres que en nuestra niñez. Porque, como todo, el niño/a tiene algo bueno y algo malo: se es completamente indefenso, pero se tiene una poderosa e inigualable imaginación (que luego será olvidada).

Cuando era pequeño deseaba ser grande. Mi mamá, mirando a los ojos a un Joaquín de no más de diez años, me decía: “cuando seas grande vas a querer ser chico otra vez”. Refunfuñaba y muy convencido le decía que no, que quería crecer. Ahora que estoy acá veo que, a diferencia de lo que imaginé, la adultez no es la gran cosa. Era más emocionante y amable en aquel mundo de fantasía, ese mundo de acceso único e intransferible. Es más, puede ser un poco peor: en la adultez se es totalmente consciente de las tantas condenas que castigan a nuestra especie, entre ellas, el inconformismo.

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