Cuento Literatura

Entre pasillos y escaleras

Estruendos, sonatas, presencias, velas, un reloj antiguo, resuenan en este cuento de Agustín Groppo. Es imprescindible para el tiempo - dice -, que los objetos sigan con su vida.

Por Agustín Groppo

Esos estruendos provienen del cuarto de los mayores. Tomás y su
hermana menor van subiendo la escalera principal en medio de intrigas y deseos ingenuos de aventuras. En el exterior de la casa, el sol irradia las tejas sufridas ante un prontuario incesante y meticuloso de un clima húmedo y caluroso; por dentro, la oscuridad y el frío hacen sentir el silencio de las brisas que corretean los pasillos de la planta alta y enfrían cruelmente sus pies.

“¿Que vamos a hacer si ya no quedan velas para otra noche de
sonatas?”, piensa Tomás mientras sostiene la mano de su hermana
menor.

Una ausencia asoma en el baño del fondo, puede que la abuela ya se
haya acostado. Hoy es el día del camisón negro, los horarios corren en
direcciones contrarias al sol y el piano suena de noche, las sonatas y el
vino blanco le ayudan a estimular esa carga horaria que el tiempo le
impuso hace unas décadas
.


––Creo que ya es tarde, Tomás––, le susurra su hermana con voz baja y
temerosa. –– Creo que la abuela ya se durmió y el jardinero está por
llegar, ¿¡qué vamos a hacer!? ¿¡cómo vamos a salir a jugar!?––. Tomás
se voltea para revisar a la distancia el reloj viejo del cuarto de estar; aún
demora con recelo en dar las doce del mediodía.

“Solo Dios sabe lo que les espera afuera”


Han pasado un par de minutos, es seguro que no hay registros de la
abuela despierta, ni por el baño ni por los cuartos de los mayores.


Animados por esta buena noticia sin levantar la perdiz, siguen por
el pasillo arrastrándose por las mareas de polvo que rechinan ante la
arrogancia del caos y del desorden de la vida.
Poco a poco, se sienten los escalofríos de la emoción bajar como caricias de cristal disfrazadas en pecas de ansiedad, algunos caprichos heredados y épocas de soledad y ausencia por delante; sería antes de las doce su última oportunidad
para escapar.

“Solo dios sabe que tipo de destino les espera allá afuera si no me hacen caso”, solía advertir la vieja cada vez que alguna noticia resonaba en la
televisión.

Ya falta menos. El jardinero está por llegar, él no dirá palabra alguna,
cerrará la puerta con la tranca y hará de cuenta que no ha pasado nada.
Es ahora o nunca––, se atreve a decir la menor enseñándole el peso de
la mano a un picaporte rancio y mezquino.

Salen, miran al sol, sienten el pasto en los dedos. El jardinero pasa, mira y no dice nada.


Y así se fueron, no aparecieron nunca más. Los estruendos del cuarto de
los mayores a veces se escuchan como sonrisas pueriles, como sonatas
en el piano, como una copa de vino blanco a la madrugada. Para dentro
de unos años serán una más de las esculturas al lado del antiguo reloj.

En su frente de roble, la luz del sol de entre las tres y las cuatro de la
tarde, deja entrever un grabado:

“Es imprescindible para el tiempo que los objetos sigan con su vida”.

1 comment on “Entre pasillos y escaleras

  1. La nostalgia de haber sido Tomás alguna vez y el mensaje que nos deja el cuento, me encantó!

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