Literatura Sociedad

La oficina en el dormitorio

¿En dónde quedó, en tiempo de pandemia y transformación, de casa al trabajo y del trabajo a casa? Apasiona introducirse en estas reflexiones de Caudio Zeiger, en La Tecl@ Eñe.

Por Claudio Zeiger (La Tecl@ Eñe)

Una de las grandes novelas argentinas, Los siete locos, comienza con una escena magistral donde el corazón de la oficina – la gerencia -, se convierte en el lugar supremo de la Ley, donde se emite el castigo. “Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, Erdosain quiso retroceder; comprendió que estaba perdido pero ya era tarde”. A pesar de todo, después de esa primera escena, la vida de Erdosain se abrirá angustiosamente a la aventura, aquello que unos capítulos más adelante Roberto Arlt dará en llamar “el terror en la calle”.  Fuera de la ley, fuera de la oficina, se abren los espacios de la angustia y de la calle. Es, a pesar de todo, una angustia liberadora de la opresión del trabajo.

Hoy nos encontramos ante una situación paradójica y probablemente incierta acerca del lugar de la oficina en el mundo laboral y la vida cotidiana.  La mayoría de las oficinas se han dispersado en cientos y miles de hogares, departamentos, salas, comedores y dormitorios. La oficina sufrió un extraordinario efecto de diseminación: en cualquier rincón palpita una oficina. Llevarse el trabajo a casa, quedarse después de hora en la oficina, son sintagmas tan certeros como irreales. El futuro probablemente sea más parecido a este presente que estamos transcurriendo que a un regreso cien por ciento a las oficinas del pasado. Quizás, estamos a las puertas de una formidable nueva esclavitud disfrazada de un manejo emprendedorista del propio tiempo. Hipótesis moderada: quizás estamos a las puertas de un mix de teletrabajo y horas de oficina presenciales.

En la literatura argentina, el espacio de la oficina siempre fue asimilado al lugar donde reina la esclavitud, la servidumbre, la falta de libertad. La oficina no es un lugar creativo sino de rutina y burocracia, rencillas minúsculas y administrativas, mediocridades, chismes, resentimientos. Mad Men, uno de los hits de la cuarentena, nos trajo otra versión más maleable, de las relaciones entre oficina y creatividad. Y, sin embargo, en el fondo lo único que quiere Don Draper es dejar la oficina, asumir plenamente su verdadera identidad lejos de la recargada Nueva York.

Volviendo a la literatura argentina: Saccomanno, Fogwill, José María Gómez entre otros, han tomado este tópico tan interesante de la oficina como locus de la servidumbre y la humillación humanas. El imaginario de la oficina amasado en nuestra literatura tiene su origen en uno de los grandes libros que no han encontrado un lugar estable en el canon: los Cuentos de la oficina de Roberto Mariani, publicado en 1925, apenas un año antes de El juguete rabioso y Don Segundo Sombra.

Los riesgos de volver al trabajo en época de coronavirus

Cuentos de la oficina abreva con maestría en ese ámbito de la oficina que NO es la calle ni el hogar. Eso es la oficina en el fondo: un no lugar. No calle. No hogar.

Es un libro moderno en una década identificada con la modernización, los años veinte. Sin embargo, hoy, casi cien años después, se puede leer como una versión de la modernidad que parece totalmente trastocada, en suspenso, en veremos. Y siempre será inolvidable su mirada sobre la oficina como encierro, cárcel cotidiana. Ese lugar donde nunca da el sol y reinan las luces artificiales.

¿Cómo será el futuro? ¿Cómo será el encierro del futuro? ¿Cómo serán las oficinas del futuro? ¿Habrá creatividad en esa nueva oficina de la nueva normalidad?

Cerremos entonces, a modo de réquiem por la oficina de Roberto Mariani, con unas palabras del texto que abre este libro magistral, “Balada de la oficina”:

“Entra. No repares en el sol que dejas en la calle.

Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.

Entra, penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque ¡mira cuántos OSRAM flechan sus luminosos ojos de azufre encendidos como pupilas de gato! Penetra en mi carne y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.

Ahora vete contento. Has cumplido con tu deber. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana y todos los días durante 25 años, durante los 9125 días que llegues aquí, yo te abriré mi seno de madre. Después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.

Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás ¡Pero habrás cumplido con tu deber!”

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