Cuento

La mesa está vacía

Una madre con hijos independizados no puede dejar de sufrir las noches solitarias. El momento crucial es aquel en el que se encuentra con el plato de comida, fuente de sustento para seguir, y a la vez fuente de ahogo.

Por Tomasina Lafuente Deldolor

Creo que no voy a poder acostumbrarme a las cenas en soledad. Ya van tres años que mis hijos se fueron de casa, pero no digiero estos momentos. A veces hasta siento que estoy a punto de atragantarme. Con bocados grandes que van acumulando la comida en mi boca, en mi garganta, dejándome cada vez más ahogada. Pero el masticar me salva. Gracias a que sigo la mecánica, paso la noche sin dramas.

El mayor de todos ya lo llevo dentro. No fue cómodo ser madre soltera, e hice el mayor esfuerzo para que ellos crecieran con amor. Pésimo no les fue. Uno está en Europa y la otra en Norteamérica. Mientras tanto, la vieja se quedó acá, en el lugar de siempre, en la mesa redonda.

La mesa antes estaba llena. La rodeaba una familia que mal que mal, mantuvo la convivencia hasta el final. Hasta que los adolescentes se convirtieron en adultos y dijeron adiós. Uno con su pareja, la otra con ganas de irse nomás.

LEER MÁS:

Despidiendo a la niñez

Crecer es dejar atrás, pero también significa aprender. La vida tiene muchas sorpresas que nos hacen ver las cosas de forma diferente. ¿Cómo influye nuestro inconformismo en todo esto?

Pero he sido buena madre, porque antes me reconocí como mujer. Antes de asumir mi rol maternal ya era alguien completa, que conocía sus debilidades. Me parece que eso ayudó a que mis hijos también pudieran conocer su lado oscuro. Hasta solidarios me salieron. Cuando uno se quedaba con hambre porque lo que había cocinado había resultado poco, el otro le compartía de su porción.

Eso sí, lo dividían todo en partes iguales, hasta las galletitas. Hubiera estado bueno que esa meticulosidad también la hubiesen desarrollado en el estudio. Salieron medio vagos pero con ingenio.

Puedo recordarlos y recordar muchas escenas vividas en esta casa, la misma que hoy se encuentra vacía. O al menos eso creía. Porque una noche de repente se apareció al lado mio una señora con mas edad que yo. «Con vos, la mesa no está vacía», me dijo.

LEER MÁS:

El príncipe está triste

Un joven príncipe, con privilegios incapaces de solucionar su tristeza, se encuentra con una sabia lechuza, con quien conocerá secretos no revelados por sus grandes riquezas.

La miré con los ojos súper abiertos y el ceño fruncido, de forma mas despreciativa que de susto. Pero sí que estoy sola, vieja. «Sí, sola, pero estas», contestó. Se ve que era un fantasma con gusto por la sintaxis. Pero después de burlarme de ella, comprendí lo que quería decir.

Por mas que aprenda de esta etapa, creo que no voy a poder acostumbrarme a comer sola. Por mas que pasen los años, por mas películas que vea mientras mastique, tocará la noche en que me veré de vuelta en el reflejo de la ventana, comiendo. Pensando que me estoy por ahogar, con la garganta llena y el alma rota. Hasta que termine de comer y vuelva a estar a salvo.

0 comments on “La mesa está vacía

Deja un comentario