Abatido, el príncipe Federico no veía el oro de su alrededor ni la comodidad de su trono. Cansado de su tristeza, el joven solía pasear por los jardines del palacio. Bellos caminos trabajados diariamente para que unos pocos los recorrieran. Ya llegaría el día en que se verían inundados por personas que sin corona y con unos billetes podrían acceder a aquel entretenimiento. Pero Federico no veía su mundo de aquella manera.
Hacía ya siete meses que su madre había enfermado, dejando en él responsabilidades pequeñas pero nuevas en fin. Su padre se había ido a combatir al frente, conquistando nuevos territorios para el Imperio. Por esta razón es que el príncipe era tan atesorado y cuidado. Era el próximo monarca. Faltaba tiempo para aquello, quizá décadas, pero de esto trata la realeza. Atesorar riqueza en unos pocos por el mayor tiempo posible.
No había luz que hiciera sentir bien a Federico. Ni mujer ni hombre, ni amigo u enemigo, suscitaba en él emoción alguna. Podía vivir sonriendo, incorporándose a charlas con facilidad, trabajar arduamente en los deberes reales, pero al quedar solo caía en un pozo de tristeza. Mirando hacia abajo, su cara comenzaba a desfigurarse como la de un payaso triste.
Por los pasillos veía mujeres hermosas, pero hacía tiempo que eso tampoco lo provocaba. Sabía sobre la finitud del amor a primera vista. Estar con alguien por puro deseo, sin un pasado construido, era algo a lo que rehuía. Por eso terminaba solo, rodando entre alfombras de seda de su enorme cuarto. De vez en cuando entraba alguien, pero era algo más efímero que el amor, y lo dejaba más solo que antes.

Una noche, azotado por la tristeza, el príncipe decidió salir a caminar. Evitó a los guardias y quedó vagando por las afueras de su fortaleza, en el peligro de la vida misma. Resultó ser que la vida no era tan peligrosa, pero tampoco le daba de por sí ese deseo que buscaba.
De repente, sobre la rama de un árbol, el príncipe vio a un búho, dando inicio al siguiente diálogo.
-¿Por qué estas aquí solo, con tu belleza y tu poder? – preguntó el ave misteriosa y simpáticamente.
-No soy bello ni poderoso. Me encuentro perdido en mi dolor.
-Ni la belleza ni el poder se consiguen por lo que estas pensando. La juventud y el oro no significan nada. Veo en ti la capacidad de empatizar, de escuchar y el deseo de amar. Eso es bello. Veo en ti una fuerza interior que te hizo seguir en el mañana, con una fuerza tal que has llegado a hablar con un búho en medianoche. Eso es poder.
-¿Y qué dices sobre mi sufrimiento, que por mas intentos realizados no logro desterrarlo de mi boca y mis pensamientos?
-Lamento en esta ocasión ser poco original. En Las Mil y Una Noches verás cómo Scheherezada le dice a su padre abrumado: «¿Por qué estas así, padre mío? ¿Qué te aflige? Recuerda que el poeta escribió: ‘Oh, tu que te desesperas, consuélate. No hay nada que dure siempre. Ningún mal deja de tener remedio'».


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