Opinión Sociedad

Llegar a la vejez con irreverencia, hermosura y experiencia, bailando la vida

La actriz Katja Alemann, próxima a cumplir 68 años, se mostró orgullosa de que la insulten en las redes sociales. "Vieja y a mucha honra", dijo. Y reveló que ahora que no la esclavizan las hormonas encontró la libertad.

Por Katja Alemann

Siempre cuando no están de acuerdo conmigo en las redes, me insultan diciéndome vieja. Vieja y a mucha honra. Pronto cumplo 68 años, voy para los 70. Todo un orgullo. Para mí cada día que pasa es un regalo. Espero poder llegar a muy vieja.

Qué manía esto de denostar el paso del tiempo, la vejez. Mujeres y hombres. Si tienen suerte y no se mueren antes, también les va a llegar.

Esta es la época más feliz de mi vida. Atrás quedaron los sufrimientos amorosos, la necesidad de un otro. Chocha ando solari, sin nadie de testigo, y nadie que rompa los huevos con esto y lo otro. Quién me ha visto y quién me ve. La esclava del amor. En vilo por una llamada, un aseguro del cariño, la atención del amante. Por eso pienso que el amor es hormonal. Ahora que ya no me esclavizan las hormonas, encontré la libertad.

La edad tiene esa templanza. Ya no necesitás. Los posibles otros para entablar un juego amoroso, tienen que estar a la altura del deseo, ese deseo de fuerza, humor y aventuras, mucho más allá de carencias o huellas emocionales que se repiten como un trauma. Ya resolví esos menesteres. Ya volví a desandar las huellas y las anduve una y otra vez. Costó, pero me salí de ahí. Esa huella ya no está, quedó tapada por el viento de nuevas experiencias, más felices. Eso me lo dio la edad. Y el trabajo sobre mí misma, claro, porque puede pasar el tiempo y seguís siendo la misma boluda o el mismo bolude de siempre o peor, porque con el tiempo todo empeora, si no te dedicás a mejorar.

Pienso en la enfermedad. Las enfermedades te hablan de lo que no querés escuchar. De tus emociones, tus angustias más profundas. Siempre que enfermé, hice ese proceso de comprensión de mí. A veces es muy difícil, puede llevar años. No entendés por qué. Y si no entendés, no le das en el clavo al problema, no te mejorás.

El inconsciente es como la carta perdida de Poe, Edgar Alan. Está tan a la vista, que no lo ves. Cuando era pendeja me agarré una conjuntivitis que se me fue complicando cada vez más, tenía el ojo rojo punzó. Estábamos construyendo Cemento, y habíamos tenido este problema del techo, que se cayó por un mal cálculo de la empresa. Yo trabajaba en la novela Amo y Señor. Andaba con el mechón de pelo tapándome el ojo monstruo, imposible de maquillar. Y pensaba, qué es lo que no quiero ver, considerando el desastre de bancar todo con Cemento y el dinero que se esfumaba entre mis dedos. Pero no era esa la pregunta. Después de meses con el ojo en compota, de pronto me iluminé. Qué es lo que no quiero llorar. Esa era la pregunta correcta. Ahí me curé.

Pero, como me dijo un amigo hace poco, a veces el cuerpo se manda solo. No tenés el más mínimo control sobre la enfermedad. Eso me da miedo. El misterio de la vida y de la muerte.

Tendríamos que recuperar la ancianidad. Darle el enorme valor que tiene y que ha tenido en muchísimas culturas. Qué importa si la piel se cae, si las arrugas se profundizan, si la turgencia te abandona. Qué importa eso, si tenés la infinita gracia de llegar a vieja y podés pasar el legado de tu experiencia, irreverente y hermosa, bailando la vida.

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