Por Hugo Asch
Regresaba de un exilio de 14 meses, todo lo que duró mi Servicio Militar, y en la redacción de ‘Siete Días’ había cambiado todo. Gerentes nuevos, redacción nueva, muchos ex Editorial Atlántida. Nuevo estilo. Nuevo orden, decían.
El director era un tipo grande. Sesentón. Viejísimo para mí, que tenía 20.
Le gustaba sacarse los zapatos y aparecía por la redacción en medias, caminando en puntitas de pie, sosteniendo los anteojos de una sola patilla. Era gracioso verlo buscar sus zapatos con fino disimulo y completamente en vano. Siempre se los escondían.
Era una redacción pesada.
Yo extrañaba a mis amigos escritores. Me sentía mal. Era abril de 1977 y la Argentina estallaba en silencios ensordecedores.
Ellos, los nuevos, debían decidir si yo seguía o me daban salida. Así de simple. Fui el último de la lista.
Volví, saludé, me senté, tragué saliva y esperé.
Me llamó el director. El Viejo.
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Julio Portas. Un tipo amable, de buen trato, cuerpo frágil, un humor ácido, irónico.
Había recorrido un largo camino en varias redacciones, se notaba que era culto y también que despreciaba en silencio a varios de sus nuevos subalternos.
Yo, mudo. Tragaba saliva. Transpiraba. Don Julio me contó que le habían hablado bien de mí pero quería contarme cuáles eran sus expectativas. Lo que él necesitaba de un periodista tan joven.
Específicamente me advirtió que la redacción que habían armado era un espanto y debía cuidarme para no echarme a perder.
–A más de uno deberían colocarles un par de guantes de boxeo antes de sentarlos frente a la Olivetti.
Me salió una risita nerviosa. Después suspiré y casi me ahogo. Esperaba lo peor.
Entonces el viejo me miró a los ojos y se inclinó hacia atrás en su sillón. Construyó un silencio teatral como si fuese Gassman y así, calzado en sus medias azules tres cuartas, lo dijo.
La frase que jamás olvidé y repetí el resto de mi vida.
–Si usted Asch, piensa que soy un viejo boludo le advierto que los viejos boludos no existen. Solo existen los jóvenes boludos, que luego envejecen.
Los dos, como si se tratara de una escena estudiada, asentimos moviendo nuestras cabezas mientras las primeras carcajadas nos sacudían los cuerpos.
Un exceso.
-No sé qué nos hace tanta gracia Asch. Esta profesión, en general, tiene dos problemas muy graves: ¡su edad y la mía…!
Peor. Nos seguimos riendo un rato largo. El viejo Portas de 60 largos y el flamante ex soldadito Asch.
Pensé que me iba a abrazar cuando me llevó hasta la salida pero solo me palmeó la espalda, paternal.
–Lúzcase; escriba lindo y a medida Asch, no sea boludo. No me falle.
Nunca pude tutear a don Julio. Y no le fallé, o eso creo.
A la semana fui oficialmente confirmado como nuevo redactor de la revista.


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