Por Sergio Sinay
A medida que el año avanza muchas metas se truncan, se olvidan o chocan con obstáculos inviolables de la realidad. Otras se cumplen y proporcionan momentos de satisfacción. O también de sabor a poco, porque, como decía el rabino, teólogo y ensayista Harold Kushner (1935-2023) en su libro Cuando nada te basta, “si para nosotros lo único es correr en pos del placer y la recompensa, hemos entendido mal lo que es vivir”.
Y, sin embargo, la recompensa, el podio, el éxito, la productividad son las relucientes zanahorias detrás de las cuales la cultura contemporánea obliga a correr. No queda lugar para aquello que los maestros espirituales chinos llaman Wu Wei y significa No Actuar. Dejar de hacer, permitir a la vida manifestarse en su propio ritmo y dirección. Algo que suena imposible y casi violento para nuestras mentes occidentales.
En una conferencia dictada en 1933 Carl Jung, padre de la psicología arquetípica, advertía: “Un tercio de mis pacientes no padece una neurosis clínica, sino más bien sufre por la insensatez y la futilidad de su vida. Esto puede denominarse la neurosis general de nuestros tiempos”.
Parece escrito hoy, en pleno furor de producir, de cambiar, de llegar sin viajar. Ya que es tiempo de trazarse propósitos, quizás se trate de cambiar de intenciones.
¿Qué cosas no haré en el nuevo año? ¿Detrás de qué dejaré de correr? ¿Cuánto tiempo dedicaré a no hacer nada, a contemplar el fluir de la vida y a mecerme en él? ¿De qué me apartaré? ¿A qué le diré que no, aunque me miren como bicho raro?
Son sólo algunas preguntas posibles, cuyas respuestas merecen tiempo y silencio. Suele ocurrir que al no perseguir nada aparece la maravilla de lo inesperado. Pero eso requiere salir de la autopista por la que todos corren hacia destinos que no pueden explicar o describir, y andar por la colectora existencial a otro ritmo, con otro paso.
Como solía decir el maestro zen japonés Shunryu Suzuki: “Debes caminar por la vida como un elefante, lentamente, sin apresurarte hacia un objetivo”. Quien observe con atención lo que acontece en la naturaleza verá que hay pocas criaturas (humanos incluidos) tan sabias como los elefantes.


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