Por Sergio Sinay
Una de cada 100 personas en el mundo es psicópata, según estimaciones del psiquiatra canadiense Robert Hare, considerado como la máxima autoridad mundial en la materia.
El psicópata carece de empatía, ve a las personas como instrumentos para sus fines, las usa y las tira, tiene capacidad camaleónica para parecer simpático, cordial, comprensivo mientras va envolviendo a la presa elegida en sus redes.
Funciona socialmente, pero carece de noción del bien y del mal. No siempre es violento, como en las películas, aunque puede serlo (y mucho) cuando se ve descubierto u obstaculizado.
Si su víctima se rebela, o sale de su radio o lo enfrenta (depende el caso), busca otra. Hare los ha estudiado en diferentes condiciones a través de distintas pruebas a lo largo de más de cuarenta años.
“Ese 1% puede tener impacto sobre millones de personas”, dice. Y advierte que la mayoría de ellos están en la política y en los negocios. En los gobiernos, en las empresas. Cabría agregar que abundan también en las relaciones interpersonales y en las familias.
Para Hare los psicópatas nacen, no se hacen. No hay terapia, no hay cura. Ante ellos se trata de pensar por cuenta propia, con la intuición despierta, autonomía de conducta, coraje de desenmascararlos y decisión para alejarse. “Están en todas partes”, recuerda Hare. “Saben controlar a los demás, parecen muy buenos. Tienen carisma y son líderes. Pero es carisma sin conciencia”.
Un 1% parece poco, pero cuando tienen poder y gobiernan en sectores esenciales de la vida de la sociedad resulta excesivo. Hoy existen demasiados psicópatas haciendo daño y devastando el planeta, violando las normas de convivencia, las leyes, los países. Demasiados psicópatas con poder mientras millones de personas, narcotizadas por la droga del consumo, de las pantallas, del hedonismo vacío, del egoísmo, del trabajo sin otra función que una supervivencia sin sentido, andan por la vida como sus víctimas de hoy o de mañana. Mucha indiferencia ante tanto psicópata.


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