Cuento Literatura

La violación

Sabrina vivió una de las mayores perturbaciones que puede masacrar a un ser humano. Una masacre que es interior y tiene la particularidad de dejar con vida al afectado. Vivo, pero con la sangre y los cortes que no se terminan de cicatrizar.

Por Tomás Lafuente Del Dolor

«No me puedo contener. Llevátela. O le voy a seguir haciendo daño». Cuando Herminio me dijo eso, yo estaba empapado, apenas refugiado de la lluvia bajo el diminuto techo de la puerta trasera de su casa. Me había llamado para que fuera urgente por un asunto que alguna vez imaginé, pero del que me había convencido que no podía resultar cierto.

«¿Por qué decís eso de tu papá?», le pregunté más de una vez a Sabrina, quien a sus pocos siete años hacía comentarios extremadamente raros sobre su padre. Los expresaba cada vez que estábamos a solas, en las horas de cuidado mientras mi amigo trabajaba o tenía alguna cita programada. Como por entonces yo era un hombre soltero y sin siquiera un gato al que cuidar, acepté sin quejas la propuesta de mi entrañable amigo de la escuela secundaria.

Además de ser una nena hermosa, tan bella como su madre difunta, Sabrina era silenciosa y tranquila. Cuidarla significaba disfrutar la parte más linda, en la que nos reíamos jugando con plastilina y el tiempo se pasaba fugazmente. Aunque también existía el otro costado, aquel que solo ellos dos sabían. En especial ella, en el encierro de la violación, sin nadie que la pudiera escuchar.

De eso me enteré como quien recibe un baldazo de agua fría. Repito, tuve la pasajera idea de que algo podía no andar bien en esa casa. Pero no fue mas que un pensamiento de esos que tantas veces resultan equivocados, deduje.

La noche lluviosa fue el punto de quiebre para todos. Llevé a Sabrina conmigo, y al día siguiente me enteré que Herminio se había pegado un tiro.

Al pertenecer a la fuerza policial en un momento del país donde las botas y los sombreros militares mandaban, no fue difícil cambiarle la identidad a quien se convirtió en mi nueva hija. Tampoco tenía muchos amigos, por lo que no había nada que explicar. A los pocos que veía los hice quedar en el olvido, ese injusto hueco al que solemos recurrir creyendo que somos los verdaderos guionistas de esta gran película.

Sabrina fue creciendo con cada lujo posible a su alrededor: un (intento) de hogar en paz, sin abusos, con comida y comodidades. No éramos ricos. O al menos no oficialmente. Su padre, como capo de una mafia que maneja los entretenimientos más antiguos de la historia, de alguna manera se las rebuscó para dejarme una fortuna de la puta madre para su descendencia.

Quizá por esto es que Sabrina, al crecer, no creía ni en la política ni en la especie humana. Aun no olvida lo que le pasó, y vive en una cama como la heredera de un rey moderno, de esos que manejan medio planeta. No lo hace desde el gozo, sino que se mantiene en las cuatro paredes de su habitación como la esclava de su violador. A pesar de que ya no está más. A pesar de que le di lo mejor que pude, con las cosas que desea cualquier persona que sabe del valor de la dignidad.

Con ella no la tuvieron, y en contados ratos puede ver al mundo de otra forma. Ya pasó la mitad de su vida y sigue encerrada. No hay hombre, no hay mujer que la haga creer. Ni siquiera yo. Es lo que ocurre cuando alguien se cree Dios y en realidad es el diablo. Es igual de diabólico que el resto de los humanos puede llegar a ser. Con la sola diferencia de que este lo es a tiempo completo mientras los súbditos giran a su alrededor.

Foto de portada: Ecce Homo (1925), de Louis Corinth

0 comments on “La violación

Deja un comentario