Reflexión

Abusos espirituales

Los chicos que crecen encerrados para tratar sus problemas de conducta y/o adicciones, son miles en la Argentina. Las instituciones públicas no siempre son eficientes. Aquí el testimonio breve de un veinteañero hoy en recuperación en una comunidad abierta. Anónimo.

Un ser que alcanzó la iluminación – después de dejar atrás o aquietar sus demonios -, no tendría por qué volver a revivir traumas o abusos del pasado.

Esa oscuridad, disipada con esfuerzo y noches enteras de insomnio, debería llevarlo a conocerse en profundidad y saber quién es. La pregunta, claro, no es privativa de él. Se la hacen todos los seres humanos en algún momento de la existencia: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?

Más allá de las penurias físicas y mentales, hasta debería agradecer al padre (ausente en muchas ocasiones, para qué negarlo) por las experiencias concebidas a los ponchazos y transmitidas de la misma manera, . También a él seguro le causaron dolor y confusión. ¿Estará arrepentido?

Viendo en retrospectiva, uno puede observar que ese, nuestro creador físico en esta tierra, tenía un obsesión morbosa que – desacertadamente – llamaba amor. ¿Por qué? Por el simple hecho de descargar su energía sexual, sin prever que ese «amor» se transformaría en odio, luego en amor, otra vez en odio, en un ciclo de nunca acabar: dañiño.

Sufrimos esa situación. En lo personal, en una comunidad libre y abierta de la Argentina – que no hace ostentación y brinda enseñanzas tranquilizadoras no exentas de debilidades humanas- , agradezco al cielo ser bendecido y tener el don de recuperar los sueños.

No niego que hay maldiciones rondando: la tentación de volver a repetir conductas que, en mi caso, me acercaron a Dios. No se puede estar bien con él y con el diablo. Uno te sostiene, te alienta a levantarte y seguir; el otro quiere que caigas en cada momento, que practiques – y practiquen con vos – lo que llamo abusos espirituales.

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