Reflexión

La ira que nunca se apaga

Es un tiempo en el que personajes siniestros emitan ira incandescente, imponen la intolerancia, la prepotencia, la imposición y la violencia física o simbólica sobre el diálogo y el debate. Lo expresa Sergio Sinay. El sayo es para varios.

Por Sergio Sinay

En el país y en el mundo se impone hoy la política del agravio. El estadounidense Paul Katsafanas, autor de “El yo nietzscheano” y “Filosofía de la devoción”, llama a ese fenómeno “ira incandescente”. Un odio que no se apaga, que necesita alimentarse permanentemente de nuevos enemigos, y cuya prioridad no es imponerse a ese enemigo, sino encontrar siempre uno nuevo, no dejar de odiar.

“Lo esencial es la expresión continua de hostilidad, más que la consecución de un objetivo particular”, escribe Katsafanas. Personas que crecieron con sentimientos de miedo, impotencia y humillación, transforman esos estados en odio, resentimiento y cólera. Estos sentimientos son su identidad personal y política. Sin ellos sentirían que dejan de existir, por eso necesitan alimentarlos continuamente con nuevos motivos de rencor. Sus traumas caen sobre el entorno y se expanden como un incendio forestal.

Aunque hay iras justas y necesarias, como las que condujeron a la declaración de los derechos civiles, el fin del apartheid o la Revolución Francesa, por ejemplo, esas iras cesan una vez logrado su objetivo, mientras la ira incandescente no tiene otra meta más que mantenerse viva, alimentándose de nuevos enemigos, para lo que necesita generar relatos y discursos de odio que la auto justifiquen. Cuando quienes padecen ese resentimiento alcanzan posiciones de poder las consecuencias pueden ser devastadoras, tanto en una organización, un país o el mundo. La historia y el presente exhiben trágicos ejemplos.

Este es un tiempo en el que personajes siniestros emiten su ira incandescente en diversos escenarios, imponen la intolerancia sobre la aceptación, la prepotencia sobre la razón, la imposición sobre la negociación y la violencia (física o simbólica) sobre el diálogo y el debate. Aunque a costos altos para las sociedades y las comunidades, esas iras, en general, no se apagan sin haber quemado también a sus propios portadores. Pero antes sus psicosis personales dejan un tendal de sufrimiento a veces irreparable.

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