Por Enrique Alpañés (El País)
A muchos les da miedo las personas sin hogar desde la otredad. A mí me lo dan desde la empatía. Porque me veo en ellas, porque tengo la certeza de que solo hay un puñado de malas decisiones que nos separan de una vida en la calle.
En los pequeños vecindarios de cartón hay problemas de adicción, divorcios, despidos y situaciones de migración irregular.
Hay problemas de salud mental que los alejan de su familia y amigos, que los incapacitan para trabajar.
Luego la calle lo agrava todo, la intemperie te vuelve loco, te roe los huesos y te aísla del mundo. El barrio agradable y tranquilo por el que paseo puede ser un infierno si pasas suficiente tiempo en él.
Yo doy una vuelta por sus calles y luego me refugio en mi casa, pero para ellos es un páramo inhóspito que te destruye. No tienen ninguna casa en la que entrar, así que es un lugar del que no pueden salir.


Pues sí, y la perspectiva es que aumenten las personas que intentan sobrevivir viviendo en la calle.