Por Ricardo Ragendorfer (Caras y Caretas)
En 1940, Blanca Luz Brum vivía en la ciudad de Antofagasta, al norte de Chile, con su marido, el ingeniero de minas y diputado del Partido Radical de ese país Jorge Beéche, un hombre, por cierto, menos turbulento que su esposo anterior, el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros.
Con él mantuvo lo que André Breton llamaba un “amour fou”; dicho en español, un “amor loco”. Demasiado loco. Y con un final escandaloso. Eso ocurrió durante la primavera argentina de 1933, cuando Siqueiros fue contratado por el propietario del diario Crítica, Natalio Botana, para realizar un mural en su quinta bonaerense de Don Torcuato.
Así nació Ejercicio plástico, una de sus obras más excelsas. Pero en sus pinceladas palpitaba la trama que causó la ruptura definitiva de ese matrimonio: el tórrido romance de Blanca Luz y Botana. De ello fue testigo un asiduo visitante del editor en esa residencia y, a la vez, amigote de Siqueiros: el poeta chileno Pablo Neruda.
Era un secreto a voces que él también le arrastraba el ala a la bella Blanca Luz, pero sin éxito. Es que Botana la deslumbraba por completo.
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Siqueiros, muy ofuscado, regresó en soledad a su país, mientras Blanca Luz partiría poco después a Chile en busca de un nuevo horizonte. Y ya se sabe que ese nuevo horizonte fue el ingeniero Beéche.
En cambio, Siqueiros supo mitigar la herida que ella le había provocado a su autoestima intensificando su militancia en el Partido Comunista Mexicano (PCM). Eso lo llevó a sumarse a las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española. Allí obtuvo un apodo que lo enorgullecía: “el Coronelazo”.
El tipo integraba el sector ultraortodoxo del PCM. De modo que Stalin era para él una deidad. En enero de 1937, León Trotski se exilió en la capital azteca. Ese hombre era nada menos que el archienemigo del líder de la URSS.
Su primer lugar de residencia fue la denominada “Casa Azul”, el vistoso hogar del muralista Diego Rivera y Frida Kahlo en el barrio de Coyoacán.
Meses después, Trotski se mudó a un caserón situado en la avenida Viena del mismo barrio. Ese sitio se convertiría en una fortaleza con puertas blindadas, alambradas electrifica- das, alarmas automáticas y torretas con ametralladoras, a lo que se le añadía una custodia de diez policías mexicanos e idéntica cantidad de trotskistas estadounidenses que oficiaban como centinelas. Quien entre ellos llevaba la voz cantante era un tal Robert Sheldon Harte. Así, entre aquellas paredes transcurría la vida cotidiana de Trotski, junto a su esposa, Natalia, y su nieto, Seva, de ocho años. Aquel lugar era en realidad una bomba de tiempo. Y en 1940, ya casada con Beéche, hay un indicio de que Blanca Luz lo sabía.
En este punto es necesario recalar en la Ciudad de México a comienzos de ese año, cuando Blanca Luz acompañaba allí al esposo en un viaje relacionado con su profesión. Claro que, esa vez, no mantuvo ningún encuentro con Siqueiros. Pero sí con el embajador de Chile; este no era otro que Neruda. ¿Acaso el poeta seguía obsesionado – infructuosamente – con ella? Más allá de eso, también fue vista en una confitería de la Colonia Roma con un joven norteamericano. Se trataba de Sheldon Harte. Tal dato figura en un paper de inteligencia que integra el archivo de quien dirigía el Servicio Secreto mexicano, el coronel Leandro Sánchez Salazar.
¿Qué asunto la habría llevado a semejante cita? Ese sigue siendo aún hoy un interrogante sin respuesta. Ella y Beéche regresaron a Antofagasta unos días después.
Corría allí la mañana del 25 de mayo, cuando Blanca Luz desayunaba en el jardín de su casa con los ojos clavados en el diario El Mercurio. Su título de tapa, con tipografía catástrofe, mencionaba a su marido anterior, aunque no por razones pictóricas; a saber: “Siqueiros capitaneó el asalto a la casa de Trotski”.
La musa uruguaya no mostró sorpresa por esta noticia.
En resumen, el ataque había ocurrido durante la madrugada del 23, luego de que una veintena de siluetas disfrazadas con uniformes militares redujera a la guardia policial que, desde la vereda, rodeaba el caserón de la avenida Viena para ingresar allí sin dificultades, luego de que alguien les abriera el portón. Ese alguien fue Sheldon Harte.
Tal detalle fue visto por los otros centinelas yanquis, quienes empezaron a correr en diferentes direcciones para esquivar el fuego cruzado de los intrusos.
Entre ellos, únicamente resaltaba la figura de Siqueiros.
El sonido de los disparos y de las granadas al explotar, junto al olor ocre de la pólvora, despertaron a Trotski y Natalia. Casi por instinto, se escondieron debajo de la cama, antes de que la puerta del dormitorio fuera abierta a culatazos y patadas.
Varias ráfagas de ametralladora convirtieron esa habitación en algo parecido a un queso Gruyère. En paralelo, una granada incendiaba el dormitorio del pequeño Seva.
Tras unos minutos que parecían eternos, el sonido de las balas disminuyó hasta desaparecer por completo.
Y el repliegue de los agresores no se demoraría.

Por milagro, Trotski y Natalia estaban ilesos. Y en aquel preciso instante, Seva emergió desde detrás de un arbusto para abrazar a sus abuelos. Entre los centinelas tampoco hubo bajas. Aunque sí un ausente: Sheldon Harte, quien había sido visto al irse con la patota de Siqueiros (su cadáver, con un tiro en la nuca, sería hallado en una granja próxima al Distrito Federal). Dos mañanas después del ataque, Blanca Luz terminó de leer su crónica en El Mercurio y, sin comentarios al respecto, le dio el último sorbo a su café.
En tanto, gracias a una gestión de Neruda, el Coronelazo eludió la cárcel y pudo exiliarse por un tiempo en la ciudad chilena de Chillán. Y allí puntaría el famoso mural Muerte al invasor. Trotski fue finalmente asesinado el 21 de agosto de ese año por Ramón Mercader, un esbirro de la soviética Dirección Política del Estado (GPU), quien, infiltrado en su entorno, le clavó la punta de un piolet en la cabeza.
Natalio Botana perdió la vida el 9 de agosto de 1941 a raíz de un accidente vial en San Salvador de Jujuy. El diario Crítica lo sobrevivió hasta el 30 de marzo de 1962. Tras ser demolida su mansión de Don Torcuato, el mural que le hizo pintar a Siqueiros fue luego restaurado y exhibido por última vez en el Museo del Bicentenario. David Alfaro Siqueiros falleció en Cuernavaca, Morelos, el 6 de enero de 1974 abrazado a Angélica Arenal Bastar, con quien se había casado al regresar de la Guerra Civil Española. Pablo Neruda, quien obtuvo a los 67 años el Premio Nobel de Literatura, dejó de existir por una dolencia terminal el 23 de septiembre de 1973; es decir, doce días después del golpe militar que derrocó a Salvador Allende.
Un detalle de color: en sus memorias, tituladas Confieso que he vivido, le dedica a Blanca Luz unas líneas desconcertantes, al asegurar un amorío con ella, que únicamente transcurrió en su imaginación. Allí la describe como “esa poetisa alta, rubia y vaporosa (…) que dirigía sus ojos verdes hacia mí”. Y que fue Federico García Lorca el celestino de ese asunto que en realidad jamás existió. En fin, lo que se dice, una licencia poética. Blanca Luz Brum, quien pasó sus últimos años en Chile ya convertida en una pinochetista de pura cepa, exhaló su último suspiro el 7 de agosto de 1985.
- Imagen destacada: el pinto David Alfaro Siqueiros, autor del mural «Ejercicio plástico», encargado por Natalio Botana, fue el responsable de un atentado contra el bastión de Troski, en México, antes de su asesinato planeado por un infiltrado de Stalin


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