El escritor japonés Haruki Murakami volvió a internarse en los territorios ambiguos que definen su literatura y aseguró que, cuando escribe ficción, se adentra en una zona incierta donde puede ocurrir cualquier cosa y de la que luego regresa con una historia. “No tengo ningún plan; solo escribo, y mientras escribo, pasan cosas extrañas de manera muy natural, muy automática”, explicó en una entrevista con The New York Times, en la que describió ese proceso como una inmersión en otro mundo – “tal vez se le pueda llamar subconsciente” – donde “puede pasar cualquier cosa”.
A sus 77 años, y tras haber atravesado una enfermedad grave que lo mantuvo hospitalizado durante un mes y le hizo perder alrededor de 18 kilos, Murakami sostuvo que la escritura de su nueva novela tuvo para él un sentido de renacimiento. “Es una especie de resurrección”, afirmó. “Regresé”, añadió sobre el impulso creativo que, tras la convalecencia, volvió a ponerse en marcha con una historia que definió como más optimista que sus trabajos anteriores.
En esa nueva obra, que se publicará primero en Japón, el autor asumió por primera vez de manera central la perspectiva de un personaje femenino. “Me convertí en ella”, dijo sobre Kaho, la joven artista e ilustradora de libros infantiles que protagoniza la novela. Según adelantó, se trata de “una chica muy normal, no es muy guapa, no es muy lista, pero hay muchas cosas extrañas que le ocurren, que ocurren a su alrededor”, Cuando se le pidió que diera más detalles sobre esos episodios, respondió con una sonrisa que “es un secreto”.
Murakami reiteró que cada vez que escribe ficción siente que desciende a un espacio distinto del cotidiano. “Veo muchas cosas ahí, y luego regreso a este mundo real para escribirlas”, señaló, después de negar que se considere un artista excepcional. “No creo ser precisamente un artista. Creo que soy un tipo normal”, afirmó. “No soy un genio y no soy tan inteligente, pero puedo hacer eso; puedo descender a ese mundo”.
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La entrevista se desarrolló en un bar subterráneo de Manhattan, un escenario en penumbra que remitía a los túneles y espacios oscuros que atraviesan buena parte de su obra. Vestido con sudadera y zapatillas, Murakami habló en inglés de manera pausada y reconoció que no disfruta de la exposición pública. “No soy bueno para socializar, así que no me gusta ir a fiestas ni dar discursos, pero a veces tengo que hacerlo”, admitió. “El resto del año solo estoy en casa, trabajando. Soy una especie de adicto al trabajo”.
El escritor recordó con ironía su primera firma de libros en Estados Unidos, cuando apenas acudieron unos pocos lectores. “Recuerdo que estaba sentado con un bolígrafo en la mano y sin nada que hacer”, contó. “Fue una de las horas más largas de mi vida”. Décadas después, sus lanzamientos se celebran con eventos multitudinarios y sus novelas se traducen a decenas de idiomas, mientras su nombre aparece cada año entre los posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura.
El autor atribuyó parte de su singularidad a la influencia de la música en su escritura. “He aprendido muchas cosas de la buena música: el ritmo sostenido, la belleza de la melodía y la armonía, la improvisación libre del jazz”, explicó; y agregó que la traducción literaria, actividad que ejerce desde hace décadas, le permite activar otra dimensión creativa. “Uso una parte distinta de mi cerebro”, dijo. “Puedes aprender muchas cosas del trabajo de traducción. Te permite ponerte en los zapatos de otras personas”.
Al repasar su juventud, confesó que evitaba la literatura japonesa porque sus padres eran docentes en esa disciplina. “Sinceramente, cuando era adolescente no leía nada de literatura japonesa porque mis padres enseñaban literatura japonesa, así que la odiaba”, expusos. Record que se formó leyendo a autores estadounidenses y rusos.
Con el paso del tiempo, Murakami dejó de sentirse un extraño en la escena literaria de su país, donde en sus comienzos fue cuestionado por su estilo influido por Occidente. “He envejecido, y la gente respeta a los hombres mayores”, comentó.
Mientras mantiene una rutina que incluye levantarse temprano para escribir, realizar tareas domésticas y salir a correr, el autor reflexiona sobre el tiempo que le queda para seguir creando. “No sé cuántas novelas más podré escribir”, admitió. “Tengo la sensación de que podré hacer más, porque escribir ficción es maravilloso, es como explorarme a mí mismo. Incluso cuando envejezco, aún hay espacio para explorar”.
- Fuente: portal Llibres, otras historias, otras culturas


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