«…la civilización de la máquina también produce en serie la soledad humana…San Pafnucio en el desierto, en lo alto de la columna, con el pelo sucio de excrementos de pájaros, no estaba tan solo como los habitantes de una gran ciudad un domingo por la tarde, perdidos entre la multitud de los cafés o de los cines.
Él también estaba solo, pero a conciencia, como los monjes de clausura. Una vez, cuando alguien intentó acercarse a él, se fue enseguida de viaje. Tal vez esto lo sepa yo mejor que él o que la persona que intentó acercarse a él. Pero es un asunto privado, no tengo derecho a hablarte de esto.
…en nuestra casa reinaba esta soledad majestuosa, lúgubre y solemne. El sentido de la soledad de mi infancia, regesa a mí en ocasiones como los vestigios de un sueño triste e inquietante…Ya sabes, esos sueños angustiosos que uno tiene antes de presentarse a un examen. En casa, cuando era un niño, nosotros también nos preparábamos de continuo para superar algún examen peligroso y sobrecogedor.
El examen consistía en ser, en todo y para todo, unos buenos burgueses. No hacíamos otra cosa que repetir como loros la lección que habíamos aprendido de memoria. Cad día, el examen comenzaba de nuevo. Había una tensión constante en nuestros gestos y en nuestras palabras, incluso en nustros sueños.
Nos envolvía una soledad que percibía todo el que ponía los pies en casa, aunque sólo fuera un momento, como los recaderos. En aquellas habitaciones sombrías, con las cortinas echadas, la infancia y la adolescencia pasaron en un estado de espera eterna. A los 18 años ya estaba harto de tanta soledad y tanta espera angustiosa. Quería conocer algo que no fuese del todo reglamentario. Pero tuvo que pasar mucho tiempo hasta entonces».
- Fragmento extraído de la novela La mujer justa, de Sandor Marai, publicada en castellano en 1951


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