Por Rosa Lamort
Yo sabía que no debía pasarle mi número de teléfono. Al principio su bella mirada me abrió de par en par. Cuando se fue después de haber tomado mi pedido sentí esa cosa maravillosa por dentro. Me quedé en la mesa tratando de leer el libro que había llevado, pero poco pude concentrarme.
Cuando volvió la charla surgió naturalmente. Él tenía una sonrisa hermosa. Un rostro único. Realmente era para amarlo. De todas maneras, distinto a lo que me solía ocurrir, no me enamoré. Desde un principio comentó que se había separado hacía poco y no se por qué aquello me sirvió para alejarme del enamoramiento.
Lo peor surgió después. Me dijo que le pasase mi número de teléfono para ir a tomar ese vino que me había recomendado al inicio de mi solitaria cena, en la que le conté sobre mi trabajo y los gustos que suelo dar de vez en cuando, principal y exclusivamente en restaurantes y cafés. Sola.
Ahora estoy acá encerrada a punto de que me mate. No advertí las señales, a pesar de que una voz me decía que era un mentiroso y un violento. Hasta se le escapó ese último rasgo en un momento de la conversación, cuando lo cuestioné sobre algo que dijo. Pero al pedirme mi contacto ya me sentí la presa atrapada. Por dentro pensaba: «cambiale un número, cambiale un número». Pero se los di de forma fidedigna.
Al volver esa noche a mi casa lo hice con la cabeza gacha. Intuía que ya estaba secuestrada por un hombre hermoso físicamente y con una habilidad para la mentira de esas que se ve en los thriller psicológicos.
Pronto estaré muerta. Mi vida de nada valió. Mi sufrimiento; las peleas con mi familia; el limpiar la casa y finalmente sentirme realizada después de todo lo que me había costado. Aunque al acostarme a dormir la siesta dijera: «me quiero morir». Como cualquiera que dice esa frase, en realidad no quería hacerlo.
Pero ahora me he metido en esta habitación del terror. ¿Fui yo o fue él? Ya me golpeó y me hizo detener el corazón con rostros que no son diabólicos, sino verdaderamente humanos. De esos humanos que abundan y que ante la falta de su opuesto una termina cayendo en estos asesinos.
Quizá no sea culpa de nadie, quizá sea exclusivamente mi culpa. Pero ¿qué hubiera pasado si no le daba mi número de teléfono? Habría continuado queriendo morir, aunque viviendo a mi modo. Ahora moriré como no quería, y no tendré manera de volver a respirar.
Antes lo hacía con el alma rota, pero al menos respiraba.
Foto destacada: el actor estadounidense Zac Efron en la película «Ted Bundy: durmiendo con el asesino»


0 comments on “Estoy muerta”