Reflexión

«Beto», voz pública que despertaba el odio del «Tigre» Acosta, jefe de «la patota de la ESMA»

En su muro de Facebook, Miriam Lewin, quien estuvo secuestrada en la ESMA en 1978, contó una anécdota del excapitán de la Armada Jorge Acosta, que deja pensando sobre la palabra "chupar". Le irritaba escuchar a Luis Brandoni.

Por Miriam Lewin

En la ESMA, Jorge «el Tigre» Acosta, el jefe de la patota, tenía una obsesión enfermiza con Luis Brandoni. Le molestaban su voz pública como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, su valentía y claridad. No perdía la oportunidad de hacer comentarios llenos de odio cuando lo veía en pantalla. La visibilidad que lograba Brandoni ponía en peligro la imagen impoluta de la dictadura que los milicos querían imponer.

Una noche de 1978, en el restaurant El Globo, cerca de Avenida de Mayo, el jefe del grupo de tareas de la ESMA «el Tigre» y dos de sus lugartenientes cumplían el rito perverso de sacar a cenar del campo de concentración de Núñez a un pequeño grupo de secuestradas. Yo estaba entre ellas, angustiada por ese contacto fugaz con el mundo exterior, que los represores usaban para martirizarnos con el relato de operativos donde habían secuestrado o asesinado a nuestros compañeros de militancia. En un rincón del salón, Luis Brandoni, comía desprevenido con un acompañante. Ahí mismo, el Tigre empezó a planificar cómo chuparlo. Lo tenía servido, al alcance de su mano asesina, y no quería desperdiciar la oportunidad. Las comensales forzadas empezamos a desesperarnos y buscamos los ojos de Brandoni esperando que reconociera en nuestras caras la inminencia del peligro. Brandoni estaba concentrado en su charla, y no nos miraba, totalmente ignorante de la amenaza. Yo no sabía que el y su mujer Marta Bianchi ya habían sido detenidos ilegalmente por la banda de Aníbal Gordon en el 76 en Automotores Orletti. La liberación no le garantizaba la vida en la Argentina del estado terrorista donde campeaban las rivalidades entre fuerzas. Por alguna razón, a último momento los marinos desistieron de llevárselo. Tal vez llego un comensal inesperado, tal vez no pudieron coordinar el traslado al centro clandestino o conseguir la zona liberada para operar. Quizás no era su hora. Esa noche, Brandoni se salvó. Y nos regaló casi medio siglo más de talento indiscutible. El viejito comunista fabulador de Parque Lezama es lo último que vi de él.

PD; A mis trece, lo vi subir las escaleras para entrar al teatro SHA de la mano de su mujer Marta Bianchi, los dos jóvenes, esbeltos, bellísimos y desfallecí de amor.

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