Por Matías Bauso (Revista Seúl)
Messi es un mentiroso. Nos dijo “ya está” y ya vimos que no estaba nada. Hace tres años y medio que lo viene demostrando y estos dos partidos fueron la confirmación definitiva. Durante años, muchos creímos que él seguía insistiendo, seguía esforzándose, no claudicaba, porque todavía le faltaba ganar algo importante con la Selección. Pero después de la Copa América del 2021, continuó. “Algo importante”, entonces entendimos, era un Mundial. Y en Qatar deslumbró. Pero después de ser campeón del mundo, persistió en el esfuerzo. No faltó a ninguna cita importante, se esforzó en cada partido. Las Eliminatorias podrían haber sido una gran gira de despedida, un homenaje. Pero no. El Inter de Miami supusimos que era una lujosa casa de retiro a la vista de todo el mundo; al fin y al cabo, los jubilados norteamericanos eligen la Florida para vivir tras la jubilación.
Tampoco. Se preparó obsesivamente para este Mundial y en los dos primeros partidos, otra vez rompió las fronteras de la capacidad de asombro. Estos cinco goles, esta voracidad, acaso nos digan otra cosa, nos hagan rever lo que pensamos durante años. Messi no seguía insistiendo sólo para conseguir lo único que le faltaba. Jugaba de esa manera – como lo hace ahora – porque es la única manera en que entiende la competencia. No concibe hacerlo de otro modo. Siempre deja todo. Además del genio futbolístico, lo que lo distingue de los demás, es su ambición perpetua.
El segundo gol contra Austria es una mamushka de decisiones virtuosas, de ejecuciones exactas e inesperadas. Primero baja con absoluta naturalidad la pelota que viene rebotada y envenenada de Paredes. En el mismo movimiento gira y encara hacia el área rival. Luego la asistencia a Julián: a la velocidad exacta, en el lugar justo para dejarlo mano a mano con el arquero. Parece muy fácil, casi una obviedad en Messi, algo que todos esperamos que ejecute con precisión, pero que muy pocos pueden hacer. Pero lo más sensacional fue lo que siguió. En vez de quedarse parado contra la línea de costado recuperándose del esfuerzo y observando cómo concluía la jugada – al fin y al cabo ya habían pasado 100 minutos de partido y él es un señor de 39 y había dejado al centro delantero solo con el arquero – salió corriendo hacia el área, como una hiena hambrienta. Después de la atajada, reclamó con autoridad el pase de Paredes, mató por segunda vez en menos de 8 segundos una pelota imposible, ahora con la capellada del botín, y encaró, eludió, pateó, tomó el rebote e hizo el gol entre un millón de piernas.
El mejor resumen son las caras de los tres austríacos derrotados que quedaron como paisaje de fondo de su festejo. El arquero, rojo de furia, gritando su frustración al pasto; uno de los centrales con el gesto deformado por el enojo (por la humillación), por sentirse tan disminuido; el tercer defensor con la mirada perdida, con una mueca de perplejidad, como si se replanteara toda su carrera, como si entendiera que él dedicó su vida a algo que muchos llaman igual pero que es algo muy diferente a lo que hace Messi.
A esta altura parece un error escribir sobre Messi. Es muy difícil decir algo original. Creo que José Santamarina y Hernán Iglesias Illa fueron algunos de los que lograron encontrar algún concepto novedoso en los últimos días. Algunos escriben con mucha belleza y logran captar la esencia de estos milagros cotidianos, pero a veces tengo la sensación de que todo ha sido dicho. En realidad, todo lo obvio, lo más evidente. Siento que la verdadera esencia de su genio, todavía no ha sido descripta, que es algo inasible, inefable.

Pasemos a los mortales. ¿Quién fue el que dejó ir de Newell’s a Lisandro Martínez? Más allá de sus dos actuaciones sólidas, el último partido hizo dos jugadas sorprendentes. En la primera le dieron un pase exigido, muy cerca de nuestra área, con un enorme austríaco ejerciendo presión sobre él, Licha amagó ir a buscar la pelota, con un movimiento de cadera hizo pasar de largo al gigante sin tocarla y, con ese cimbrear, consiguió los centímetros necesarios para abrirla hacia la izquierda, desinflando toda la presión e iniciando un ataque peligroso. La otra fue un pase largo – nunca un pelotazo – de 50 metros, hecho casi con desdén, sin esfuerzo, que puso a Nico González en situación de gol. Se puede entender que alguien en el club rosarino, con una concepción muy vieja del fútbol y los biotipos para los puestos, ni siquiera lo haya considerado como central por su baja estatura. ¿Pero no hubo un dirigente, técnico o manager del club que haya visto la calidad, la destreza técnica, la prestancia y el temple de Licha? ¿No hubo nadie que dijera: “Está bien, que no juegue de 6. probémoslo de 3, de 5, de volante”? ¿Ninguno se percató de que estaban ante una personalidad excepcional, un carácter indomable? Supongo que varios dirán que adquirió experiencia y que, con los años, pulió facetas del juego. Seguramente. Pero las virtudes, aunque sea potencialmente, ya debían estar a la vista. Su clase es evidente. Y la prueba fue que poco después brilló en Defensa y Justicia. En algunos casos la ansiedad, en otros la desidia, también la ignorancia y los preconceptos, hacen que muchos jugadores sean desperdiciados por sus clubes.
¿Qué pasará hoy a la noche con Uruguay? Voy a replantear la pregunta para que sea sincera y demuestre mi verdadero interés: ¿Que pasará con Bielsa? El fútbol, se ha dicho miles de veces, siempre puede responder pero el pronóstico es oscuro para los uruguayos. Ayer circulaban rumores de un conato de motín en el plantel uruguayo. Un grupo de los jugadores más experimentados, dicen, habrían pedido jugar con un esquema bien compacto, esperando a España, para salir de contraataque. Aunque no hubieran tenido todavía la charla técnica previa al partido, cualquier persona que conozca los antecedentes, sabe que Bielsa va a intentar jugar de igual a igual, pelearle a España el partido, tratando de no resignar su idea y su ambición. Hacerlo de ese modo, teniendo en cuenta el presente de los dos equipos, parece suicida. Pero Bielsa no suele cambiar sus esquemas. O no solía.
El equipo hasta ahora no jugó nada bien. No parece un equipo de Bielsa. Es más: es el equipo menos bielsista que ha dirigido. No sólo por cuestiones tácticas. A los jugadores le falta el principal componente de cualquier equipo del rosarino, el elemento primordial que siempre le permitió todo lo demás: convicción. Bielsa no logró convencerlos. Acaso sea la primera vez en su carrera que le pasa. A veces ingenuos, a veces con mala suerte, siempre nobles y aluvionales (y algo previsibles), los equipos de Bielsa generaban ilusión y eran protagonistas. Los jugadores encontraban su mejor versión bajo su mando, la más generosa. Pero eso no sucede en Uruguay desde hace un par de años. Es posible que la última gran función la hayan dado en la Bombonera frente a Argentina por las Eliminatorias. Por primera vez en su carrera los problemas con los jugadores son una constante (Suárez y su ego no ayudaron). Es como si la comunicación con sus dirigidos se hubiera cortado. La brecha generacional y el ahondamiento de la misantropía de Bielsa parecen tener mucho que ver. El fútbol cambió mucho en estas dos últimos décadas; los equipos de mi admirado Marcelo Bielsa, no.
La primera gran sorpresa de este Mundial fue que no hubo disparidad entre equipos históricos y los recién llegados, los que no tienen antecedentes. Suponíamos una orgía de goles y muchos partidos desiguales, sin equivalencias. Estábamos convencidos de que la goleada de Alemania a Curazao sería la norma y que sólo veríamos verdaderos duelos parejos a partir de los partidos eliminatorios. Hay que reconocer que equipos como Cabo Verde, Panamá, Congo y hasta Haití presentaron batalla y compitieron con dignidad e inteligencia. Tanto que los dos africanos conservan intactas las chances de clasificarse. Esta hasta ahora fue la gran sorpresa del Mundial. Y provocó una injusticia: el desempate olímpico pensado como antídoto para que esas supuestas goleadas no desequilibraran el torneo, es ahora denostado por muchos porque dejó prematuramente afuera a varios equipos (a pesar de eso, ya sin presiones, Turquía jugó su mejor partido anoche). Nadie hubiera previsto que la enorme mayoría de los partidos fueran disputados, que no existieran dominios o superioridades abrumadoras.

Una teoría floja de papeles para explicar por qué algunas selecciones sin antecedentes o muy inferiores en los cálculos previos sorprendieron en la primera fecha. Se cruzan varios factores. El temor al ridículo ante miles de millones de espectadores es un buen aliciente para sacar lo mejor de uno. Aunque creo que incide más que esos equipos de menor ranking e historia preparan ese primer partido (y si es contra un equipo de los tradicionales más aún) durante seis meses, desde el día del sorteo. Los otros encuentros tienen menos preparación y, muchas veces, baja la intensidad competitiva, luego del gran esfuerzo inicial. También influye que las selecciones candidatas, los Grandes, tardan en encontrar su mejor versión, todavía están carreteando. La contracara de esto es que varios de los partidos de la tercera fecha fueron peores que los anteriores. Equipos más desgastados y un factor fundamental: a muchos ya no le servía esperar y debían ir a buscar un gol. Y eso les cuesta tanto que termina derritiendo todo el andamiaje táctico y mostrando todas sus limitaciones. A otros ni la necesidad los hace cambiar: Paraguay durante buena parte del partido de anoche ni siquiera intentó cruzar la mitad de cancha. En cambio, la búsqueda y la nobleza de Ecuador y de Beccacece obtuvieron un premio justo (me emocionó el festejo de Beccasexy trepado a la tribuna y abrazado a su familia, a los que lo quieren).
Tal vez salió de casualidad pero prefiero creer que hay un genio que programó para el mismo día a Mbappé, Halland y Messi. Así uno supera al otro, compiten, extreman sus esfuerzos. Otra competencia dentro de la gran competencia.
Y un atractivo más que tiene el torneo es que las grandes estrellas, los nombres que encabezan cualquier marquesina, han dado la talla. Los tres nombrados, Vinicius, la aparición de Cristiano, Kane, el ingreso de Lamine Yamal revitalizando a España. Como en el Hollywood de los años ’40, todo se disfruta más cuando el star system nos da lo que esperamos.
Por ahora, recién van dos partidos, nos salvamos de los relatos a los gritos, de la emoción impostada, de los llantos forzados. Ojalá el ejemplo de Closs, Senosiain, Varsky, Latorre y algunos pocos más se expanda. Muchos no entienden que no hay que sobreactuar, no hay que inventar nada. Están los que buscan viralizar un momento pero que no se dan cuenta de que todos hacen lo mismo. Gritos y llantos. La única manera de diferenciarse es hacer bien lo suyo. Mostrar algo que el espectador promedio no ve, iluminar algún aspecto del juego, acompañar con cierto pudor y elegancia los hechos. Los mejores son los que están preparados y los que entienden que el fútbol ya tiene la épica y la emoción incorporada, que no es necesario sobreactuar.

Además de leer devocionalmente a Quintín, lo que más me gusta y me hace aprender de los análisis de este Mundial es lo que hacen Matías Conde y Marcelo Gantman en Big Data Sports y en otros lados con los análisis de los datos, aprovechando las nuevas métricas para ver cosas que antes no se percibían y buceando en las nuevas formas del evento, del negocio y de sus repercusiones. Gente que estudia, muy preparada, que nos aporta nuevas miradas: periodistas.
Los arbitrajes han sido consistentes en estas primeras semanas. Lo más importante es que, por primera vez, unificaron los criterios. Son permisivos con el contacto físico – no compran fouls provocados -, reticentes con las tarjetas, no cobran penales que no sean faltas evidentes y las manos deben ser claramente intencionales o muy imprudentes para ser sancionadas. Recuerdo sólo dos penales evidentes no cobrados: una mano de un defensor escocés frente a Panamá y la patada voladora en la rodilla de Konza en el final de Inglaterra-Ghana.
Los tres argentinos, como de costumbre en estas citas, estuvieron impecables. Lo cual siempre produce en mí un odio irrefrenable. Cuando van a los mundiales no se equivocan ni una vez, no tienen doble vara, no inclinan la cancha a favor de nadie. Un armisticio en medio de una vida de injusticias, una tregua de ecuanimidad.
Ahora que lo pienso bien, ese es otro de los grandes beneficios de que Argentina avance en un Mundial. Algo que me hace hinchar más por la Selección. Ojalá llegue a jugar los ocho partidos. Por nosotros, por nuestra alegría y emoción —sabemos que el fervor se multiplica exponencialmente cada vez que superamos una etapa eliminatoria— y porque eso impide que los árbitros argentinos sigan dirigiendo y mostrando una solvencia y sentido de justicia que olvidan cada vez que dirigen en el fútbol local.
Para el final, el peor efecto que tiene un Mundial: en unas semanas debemos volver al fútbol de la Chiqui League. Va a ser insoportable ver jugadores tirados, tipos que cuando ven su número en el cartel electrónico del cambio reptan por la cancha, arqueros agonizando durante minutos después de embolsar un centro, equipos enteros rodeando al referí cuando sale de la cabina del VAR, el VAR inventando penales en un área e ignorando homicidios en la otra, arbitrajes parciales, jugadores yéndose de la cancha solos (estoy pensando en Solari y en Conechny) cuando intentan para la pelota, o fallando pases de dos metros (casualmente me surgen los mismos dos apellidos), campos de juego deshechos, periodistas cómplices del poder.
Y sin embargo, allí estaré, sufriendo y esperando con ansiedad el siguiente partido de mi equipo.


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