Por Ramírez
Echaron a Charlie. No lo imaginé ni por asomo. Cuando me lo contó Max sentí como si un verdadero impacto me hubiera dado en todo el cuerpo. Como si de repente hubiera tomado noción de lo frágil que es permanecer en el sistema laboral, cuya crueldad aparece de repente.
En realidad, lo que a uno le parece cruel es una decisión sumamente premeditada por parte de un equipo de recursos humanos que, en conjunto con la persona a despedir, forman un lineamiento. Si se sale de esas directrices, por mas ambiguas y amigables que parezcan, game over.
Aparentemente Charlie se la veía venir. «Él ya sabía que lo podían echar», me aseguró Max. No le creí nada. Más desconcierto tuve aún con la sutil sonrisa que apareció en la comisura de su labio derecho apenas me dijo la noticia.
A veces se sonríe de los nervios, lo entiendo. No digo que Max esté alegre por la salida de nuestro compañero de asuntos financieros. Al fin y al cabo, esto es una advertencia de que estamos todos en la misma. Esa semana las peleas internas cesaron de golpe, como si nos hubiésemos dado cuenta de que estamos en el bufete por la misma razón por la que la Tierra es el lugar habitable para los humanos: de puro pedo.
Después de un tiempo paré la pelota y me opuse a lo que acabo de decir. Llegamos hasta acá después de mucho esfuerzo, decisiones incorrectas y caminos truncos. Que el ambiente cambie de repente no hace menor nuestro valor.
-Pero así como no hay que desvalorizarse, tampoco hay que creersela ante los demás – me dijo Luis Bueno cuando le compartí mis ideas.
-Es cierto. ¿Charlie se la habrá creído?
-No sabemos. Lo que pasa entre la empresa y un empleado nos excede. Eso queda entre el sujeto desvinculado y el ente al que le debemos el pan nuestro de cada día.
-Es verdad. Igual, ¿por qué seguimos acá?
-Porque… – Luis iba a contestar en automático, pero su mirada se perdió involuntariamente entre los escritorios de zombies.
Bueno me pidió disculpas y se fue a paso rápido al baño. Me puse detrás de la puerta y lo escuché llorar. Ese día en la oficina, más que impactado, me sentí triste. Max lo notó y me dijo: «Tristeza adentro o tristeza afuera, estamos».
-De la nada esto se volvió un grupo de autoayuda – le dije riéndome.
-No es para subestimar. Acordate que la primera batalla es con los pensamientos – contestó serio.
Ahora mismo Charlie debe estar en su casa buscando un trabajo. Lo bueno es que ya se retiró del infierno, pero pasó a estar en un limbo al aire libre. No se qué es preferible. Quizá todo sea una joda en la que el que quiere estar dentro llora mirando la vidriera, mientras que el que está en el palacio siente un encierro insulso. Quizá sea cosa de aprender a darle gusto a las paredes, y disfrutar la libertad cuando se la tiene.


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