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Siempre ganan los mismos el Mundial de Fútbol y Argentina es de la selecta minoría

Para Sacheri - con España como finalista, esperando a la Argentina o Gran Bretaña - en los mundiales de fútbol persiste una rancia aristocracia. El mundo cambia sin césar, pero el club de los campeones sigue siendo de privilegiados rotativos.

Por Eduardo Sacheri (Revista Seúl)

Desde el 11 de junio venimos hablando mucho de fútbol. Y creo que está bien, porque los Mundiales se juegan cada cuatro años, y ponerle un freno al resto de la vida (la vida de verdad, digamos) durante un mes, uno solo, cada 48 meses, no le hace mal a nadie. Por parar la cosa durante 30 días, como decía mi abuela, no vamos a ser ni más ricos ni más pobres.

De lo mucho que se habla suelen interesarme un puñadito de temas. Unos pocos. De algunos de los otros me quedo afuera porque creo que exceden mis conocimientos. O porque no me resultan atinentes. O porque ya existe demasiada gente polemizando al respecto.

Uno que sí me interesó es el que dividía a los “entusiastas de la primera fase” con los tradicionalistas de “la fase de grupos no le importa a nadie”. Me gustó leer los argumentos de unos y de otros, contrastarlos, pensar si las razones de ambos “colectivos” (no pude resistirme a utilizar el término, les pido mil disculpas) conmovían mi propia toma de posición.

Voy a ser franco: yo pertenezco a los del segundo grupo. Para mí el Mundial arranca en los cruces de eliminación directa. Por supuesto que algún candidato puede fracasar en la fase inicial. Todavía tengo pesadillas con Corea-Japón 2002, si es por eso. Pero es como las tormentas: todos hemos visto miles de rayos, pero de ahí a suponer que nos va a caer uno en la cabeza para fulminarnos, hay un largo trecho.

Y ahora, que Argentina está en las semifinales, vale retomar el asunto. Porque ahí estás. En la semifinal. Ni más ni menos. Cuarenta y cuatro selecciones ya se pegaron la vuelta para su casa. Quedan únicamente cuatro. Estamos en el 8% de equipos que van a jugar su séptimo y su octavo partido en el Mundial.

España finalista

Las cuatro tienen algo en común. Todas han salido campeonas del mundo alguna vez. Entre las cuatro reúnen siete Mundiales (Argentina tres, Francia dos, España y Inglaterra una cada una). Otra manera de decirlo: no habrá un “campeón que estrena su condición” en 2026, como no lo hay casi nunca. El único en lo que va del siglo es España, en 2010. Todos los demás ganaron su primera estrella en el siglo XX.

Y dedico mi columna a esto porque me llama la atención lo profundamente conservadores, tradicionales, casi reaccionarios, que son los Mundiales. Una élite que se sostiene, cerrada sobre sí misma, indiferente a los espejitos de colores.

La primera ronda está pensada para el turismo deportivo. Así fue en el pasado, así es en este Mundial de 48 equipos, y así será en el próximo, que al parecer tendrá 64 participantes. Es la etapa casi feliz de las Copas. Es el tiempo de la ternura, del descubrimiento de las historias de hondo contenido humano. Es el tiempo de investigar dónde queda un archipiélago cuya existencia desconocíamos, o de emocionarnos con la historia de superación personal del carrilero por derecha de Azerbaiyán, que es futbolista semiprofesional y para llevar un plato de comida a la mesa familiar es dinamitero en una mina de carbón a mil metros de profundidad, y sin embargo da gusto ver cómo recorre la banda derecha, de ida y vuelta, incansable, y no como esos millonarios que juegan en las mejores ligas del planeta, vergüenza debería darles.

Y sin embargo, poco a poco, es un grupo minúsculo el que toma el control del fixture a partir de los partidos de eliminación directa. La llave de treintaidosavos conservaba (no había manera de que no fuese así) la colorida diversidad que tanto nos place: antes de jugarla hay trece europeos, cinco sudamericanos, tres norteamericanos, nueve africanos, un asiático y uno de Oceanía. “El mundo unido por un balón”, diría la muy poco atractiva canción de México ’86.

Selectos,disputan hoy para jugar el campeonato el domingo

Pero ya los resultados de esa fase nos dan un baño de incómoda realidad: los asiáticos, oceánicos y africanos caen como moscas y te quedan casi todas selecciones que representan países occidentales (¿seré cancelado por utilizar el concepto “occidentales”?). Y ese “casi” se acentúa con los que pasan a cuartos de final. Son eliminados los tres países anfitriones de América del Norte. En los ocho mejores te quedan cinco europeos, dos sudamericanos y un africano.

Por supuesto que, como algo de emoción hay que darle, alguna vaca sagrada se te cae en algún momento. ¿Cómo construimos, si no, la ficción de que los Mundiales los puede ganar cualquiera? Anotemos entonces la caída de Alemania en dieciseisavos y la de Brasil en cuartos. ¿Querés sumar a estas “eliminaciones sorpresivas” la de Uruguay en fase de grupos? Sumala, no me molesta. Y de paso, una línea para la ausencia de Italia. Me atrevo a apuntar aquí que de todas las lágrimas que derraman los europeos en relación a las crueldades que la FIFA comete con ellos la única que me parece atendible es esta de que atraviesan unas eliminatorias mucho más penosas que las de, por ejemplo, Sudamérica. Pero bueno, alguna ventaja alguna vez teníamos que tener, la pucha. Y así el cuello de botella termina generando un panorama repetido. Y en esta ocasión, ya definido a partir de sus cuatro semifinalistas.

Recapitulemos: desde 1930 se han jugado 22 campeonatos: Brasil ganó cinco, Alemania e Italia cuatro cada una, Argentina tres, Francia y Uruguay dos cada una, Inglaterra y España uno cada una. Esta semana la edición 2026 se define entre cuatro de esos nueve campeones. La última Copa del Mundo del primer siglo de Mundiales (el de 2030 será el primero del segundo siglo) se resolverá dentro de esa “mesa chica”. Hay algo interesante que no soy capaz de desentrañar. El mundo cambia. El fútbol cambia. El vínculo entre el mundo y el fútbol cambia. Y sin embargo en esta particular intersección entre fútbol, estados nacionales, FIFA y mercados globales sigue operando una pequeña aristocracia de países, un club selectísimo en el que ingresar se vuelve una tarea fuera del alcance de casi cualquier otra selección.

Le han metido mil cámaras de televisión. Pero ganan los mismos. Le han incorporado decenas de variaciones reglamentarias y un sistema externo de control de los fallos arbitrales. Pero ganan los mismos. Han paseado las sedes de la Copa por países “nuevos”, desde la Sudáfrica post apartheid, el emporio petrolero qatarí hasta la superpotencia (desafiada, pero superpotencia al fin) de los Estados Unidos. Pero ganan los mismos. Le han introducido novedades como la pausa de hidratación, las costos desorbitados de las entradas con la subsiguiente gentrificación del público presente o el show de medio tiempo para la final en “modo Super Bowl”. Pero ganan los mismos.

No sé si esta es la última vez en que esa rancia aristocracia del fútbol consigue detener, con éxito, el asedio de la modernidad. En una de esas el Mundial 2030 hecha por tierra ese último baluarte. No sé quiénes de nosotros estaremos todavía aquí para responder esa pregunta: esa es otra característica que me encanta de los Mundiales y que mencioné al principio. Que se den cada cuatro años hace que sus ciclos abarquen nacimientos y muertes, arribos, despedidas, quiebres y apariciones, y no hay dos Copas del Mundo en las que hayamos sido los mismos, ninguno de nosotros.

Pero no me quiero distraer, porque quiero terminar con esta idea. Hay algo en mí que agradece esa continuidad, esa persistencia, esa ¿resistencia? Sí. Puede ser que sea una resistencia: la vida cambia, el fútbol cambia, todo cambia, pero los campeones del mundo son los de siempre. No sé la razón. Ni siquiera me importa si existe tal cosa como una explicación. Me alcanza con constatarlo. Con constatarlo y alegrarme de que Argentina forme parte de esa minúscula mesa.

  • Fuente: Revista Seúl
  • Imagen destacada: creativo cartel de @imagen.corporea, de Pinamar

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