Por Sergio Sinay
Nunca se sabrá públicamente, ni de boca de sus protagonistas, qué pasó entre el triunfo de Argentina sobre Inglaterra (bandera de Malvinas incluida) y la final con España. Hay teorías conspirativas delirantes y hay sospechas con argumentos razonables acerca de presiones, amenazas y maniobras para decretar la derrota de un equipo argentino desconocido desde lo futbolístico y, sobre todo, desde la actitud y el temple, sus principales atributos en esta Copa. Nunca se conocerá públicamente, y de fuentes fidedignas, la razón de este pálido final, de esta muerte sin gloria. Afuera de las canchas y en las oficinas mafiosas de la FIFA la putrefacción del fútbol está lo suficientemente avanzada como para que muchas cosas sean posibles, aunque no probables.
Pero al margen de esas sombras, durante 38 días la Argentina, como sociedad, experimentó un fenómeno que habitualmente le es ajeno. La sensación de pertenencia, de comunidad, la posibilidad de un sueño colectivo. Lo que se proyectó en los jugadores fue una serie de valores que suelen estar dormidos, o perdidos, en la cotidianidad y que, recordados y activados, se pusieron en un pozo común, en una “vaquita” moral: el esfuerzo, la perseverancia, la confraternidad, el propósito. Eso que nunca se ejemplifica desde la dirigencia política, desde los profanadores del bien común, desde los depredadores de sueños colectivos.
No fue necesario ser futbolero para experimentarlo. El fútbol fue un disparador, un hermoso disparador, como lo es siempre, que despertó algo que está en el inconsciente colectivo y espera ser extraído y activado, como una riqueza profunda y desconocida. Se puede perder una final por muchas razones (incluso algunas oscuras e inconfesadas), pero se pueden ganar otros desafíos, se puede construir un porvenir si se piensa que las emociones experimentadas iluminaron la posibilidad de otra manera de vivir, de relacionarse, de encontrar sentido en la convivencia, en la historia y en el territorio compartido.
- Fuente: Facebook


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