Por Darío Sztajnzrajber
Por un lado, cómo contagian el llanto y la carcajada… Casi como si fuera un ritual colectivo donde algo que nos excede nos descontrola. Amo esa sensación porque no es retórica ni mental, sino corporal y sin mediación. La obra transcurre en un velorio: tal vez no haya lugar con la epidermis expuesta en su crudeza como en un velorio donde al contagio de la risa y de la lágrima no se le opone resistencia…
Por otro lado, la experiencia de la muerte, como dice Derrida, no tiene fronteras. Y más cuando se trata del velorio de tu mamá. Ahí hay una verdad: la orfandad. Así como todos somos hijos también todos somos huérfanos. El cruce entre lo más íntimamente familiar y lo más universalmente existencial no puede no identificarnos…
Pero también el acontecimiento teatral. Lo amo. Una cosa es dar una charla de filosofía y otra cosa son cuerpos padeciendo emociones. Y aunque durante la obra hay un tiempo para el concepto filosófico, son las escenas teatrales las que nos sacan definitivamente de nosotros mismos. Es que de algún modo, los conceptos de la obra (el perdón, la idiotez, el amor, la vocación, la normalidad) buscan derramarse en el entrecruce de esos dos lenguajes. Podemos deconstruir reflexivamente la idea del perdón y sus abusos, por ejemplo, pero otra cosa es pedirle perdón a tu mamá, o a un caballo azotado, o al propio darnos cuenta de nuestra deslealtad con nuestra propia búsqueda.
Y también la persistencia de la filosofía. La pregunta incómoda, desalineada, volada, perdida y que sin embargo nos coloca mucho más cerca de nuestro agujero interior. La filosofía deambulando en cada escena, concepto, relato, como una militancia por otra forma de vincularse con las cosas. Una filosofía que vislumbra sus propias contradicciones para proponernos que tal vez el velorio no transcurre adentro sino afuera, en nuestro mundo cotidiano: ¿quiénes somos finalmente los muertos? ¿A quiénes estamos velando?
- Fuente: comentario del autor en su cuenta de Facebook


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