Por Rosendo Fraga (Infobae)
Donald Trump ha afirmado que Estados Unidos podría modificar su histórica posición respecto al conflicto por las Malvinas. El presidente estadounidense dijo: “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas”. La diplomacia suele tener mensajes con alguna alternativa. El secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que la posición estadounidense seguía siendo “neutral” frente al conflicto.
Históricamente, la postura ha sido definida por la alianza entre Washington y Londres. Esta se fue consolidando en el siglo XX con la participación de ambos países como aliados en las dos guerras mundiales. Se mantuvo durante la Guerra Fría y en el periodo posterior en todos los conflictos globales. Frente a los que tuvieron lugar entre Rusia y Ucrania, Estados Unidos e Irán, e Israel y Hamas, se ha evidenciado una diferencia relevante. Washington ha hecho saber que podría modificar su histórica posición respecto a Malvinas y esto mejoraría la situación de Argentina en el conflicto.
El apoyo militar estadounidense al Reino Unido que tuvo lugar en 1982 fue clave para el triunfo militar británico. En ese momento fue una manifestación más de la alianza entre Washington y Londres, que constituyó un eje de los conflictos globales a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI. Esta flexibilización de la posición estadounidense en este conflicto latinoamericano es consecuencia de una política global.
Pocos meses atrás había trascendido un papel de trabajo del Pentágono que anticipaba esta postura de flexibilizar el apoyo estadounidense a la soberanía inglesa sobre el archipiélago, sobre el cual Argentina reclama la soberanía perdida desde 1833, cuando Gran Bretaña ocupó las islas.
La Administración Trump, a fines de 2025, hizo públicos dos documentos en los cuales definía que su prioridad estratégica pasaba a ser el “hemisferio” de sur a norte. Este concepto implica que la prioridad se determinaba en un sentido vertical y no horizontal, como tradicionalmente había sido en torno al concepto del Ecuador, como línea que dividía el hemisferio sur del norte.
En esta nueva visión, la prioridad de Estados Unidos es hoy del Ártico al Antártico, es decir, dominando del Polo Norte al Polo Sur. Esto implica también el control de los tres pasajes Atlántico-Pacífico de norte a sur. El de Groenlandia, que conecta por Alaska, acortando a la mitad el tiempo de la navegación entre Asia y Norteamérica. Esto también explica la importancia que la Administración ha dado al control del Canal de Panamá, que conecta la vía entre los dos océanos por Centroamérica. Con la salida de la empresa chino-hongkonesa de su control, Estados Unidos lo ha tomado de hecho.
El tercer canal de comunicación interoceánico es el de Magallanes, al norte de Tierra del Fuego, isla de soberanía compartida entre Argentina y Chile. Desde las Malvinas se puede tener un control militar sobre el tercer pasaje entre los dos océanos. En esta visión estratégica, el Atlántico y el Pacífico son grandes espacios de defensa del hemisferio porque dificultan cualquier acción militar desde los otros continentes: Europa, Asia, África y Oceanía sobre América.
El cambio del enfoque estadounidense respecto a Malvinas deriva de esta estrategia. Después de la guerra de 1982, en la cual fue derrotada Argentina, el Reino Unido construyó una base con una gran pista aérea para trasladar fuerzas militares en menos de 24 horas, a través del Atlántico, desde Londres al extremo sur del continente americano.
Mantiene una guarnición permanente de aproximadamente 1.500 hombres de las tres fuerzas. Sobre esta base, ante cualquier eventual ataque argentino en menos de 24 horas de viaje logra trasladar refuerzos militares hasta las islas. Si Estados Unidos tuviera el control de esta base, estaría a 346 kilómetros de Tierra del Fuego y a 464 kilómetros de la costa de la Patagonia continental.
La distancia entre el Reino Unido y las Malvinas es de 13.000 kilómetros en línea recta, pero desde Florida, donde se encuentra la sede del Comando Sur estadounidense – que estaría a cargo de cualquier acción militar sobre Sudamérica – es de 10.000 kilómetros aproximadamente. Es decir, el traslado de fuerzas militares de Estados Unidos a Malvinas es más corto que desde Londres.
El Pentágono acaba de reasignar al III Cuerpo Blindado – integrado por tres divisiones pesadas – para depender del Comando del Hemisferio Occidental. Esto supone que tendrán empleo posible sobre México, Canadá y Groenlandia, y dejarán de enfocarse contra Rusia.
Posiblemente la flexibilización de la posición estadounidense sobre Malvinas tenga que ver con una presencia militar permanente de Estados Unidos en las islas. Ya en 1982 el entonces secretario de Estado estadounidense, el general Alexander Haigh, en el intento de mediación que fracasó, planteó tres banderas flameando en las islas. En una variante eran la Argentina, la Británica y la de Naciones Unidas, pero otra alternativa eran las dos primeras más la Estadounidense.
Sobre este tipo de hipótesis es que Estados Unidos pasaría a tener de hecho una base militar para controlar el pasaje entre los dos océanos del extremo sur del hemisferio, sin necesidad de construirla.
La bandera estadounidense sería así izada a pocos centenares de kilómetros del Estrecho de Magallanes y de la costa argentina. Esto sería un retroceso diplomático británico, pero comprometería a Estados Unidos con la defensa de las islas frente a Argentina. Una bandera argentina flameando al mismo tiempo implicaría una reducción de la posibilidad de conflicto en el mediano plazo para Gran Bretaña. Tomar este camino podría ser un punto de convergencia de Estados Unidos, Gran Bretaña y Argentina. Fue un punto de convergencia que Washington intentó casi medio siglo atrás, pero que la intransigencia de las partes -especialmente de la Argentina – lo impidieron. El último censo sobre las islas da cuenta de una población de 3.600 habitantes provenientes en gran parte del Reino Unido y la isla de Santa Elena.
Por su parte, Javier Milei, en su mensaje por cadena nacional, planteó construir una gran base logística y militar en Tierra del Fuego. En realidad, es un proyecto que ya está en desarrollo y se inició durante el gobierno anterior, pero que ahora incrementa su prioridad. También sostuvo que sancionará a las empresas petroleras – entre las cuales hay varias israelíes – dispuestas a explotar hidrocarburos en el subsuelo marítimo que el Reino Unido reclama como propio. Esto es una novedad en la política exterior argentina, que ha planteado sistemáticamente que sus aliados son Estados Unidos e Israel.
El éxito en cualquier negociación es saber cuál es la prioridad del otro. Para Trump, posiblemente sea que la bandera estadounidense flamee en una base militar de su país en las islas que le permita actuar sobre el Estrecho de Magallanes ante cualquier emergencia. A su vez, el primer ministro inglés ha ratificado la posición británica, pero con una precisión diplomática: que los isleños seguirán siendo británicos.
Además, la propietaria de las islas es una compañía británica, no el Estado, lo cual crea una situación especial. El Reino Unido está disminuyendo su peso en el escenario internacional, pero la decisión de no acompañar a Washington en su guerra con Irán es una muestra de independencia. Hay que recordar también que, pese a esta pérdida de capacidad militar en el nuevo escenario internacional, el Reino Unido es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sigue teniendo una de las cinco flotas más importantes del mundo y posee a su vez armas nucleares.
En conclusión, se abre para Argentina una posibilidad de avanzar en acuerdos para recuperar parcialmente la soberanía sobre las Islas Malvinas: el tacto y la habilidad diplomática serán la clave del éxito. Mientras tanto, en el horizonte, puede reaparecer la mencionada idea de las tres banderas de Haigh hace 46 años.


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