Filosofía Opinión

En defensa de Heidegger, un proyecto intelectual que precede al Tercer Reich

Más allá del "fallido involucramiento personal" de Martín Heidegger con el nacional socialismo en 1933, el filósofo aún sigue desafiando al pensamiento occidental. Según Nicolás Mavrakis, los principales rasgos y la potencia del alemán pueden rastrearse en sus primeros cursos y conferencias.

Por Nicolás Mavrakis (La Nación)

Los cursos y las conferencias que Martin Heidegger (Messkirch, 1889-1976) impartió desde los 26 años en las universidades de Friburgo y Marburgo, reunidos ahora en Conferencias 1915-1932muestran con mucha claridad dos rasgos de su pensamiento. El primero es que la pregunta por el ser, la cuestión que orientaría toda su obra desde Ser y tiempo (1927) hasta sus últimos escritos, ya se encontraba claramente formulada en su fundamento desde los comienzos de la década de 1920.

Por otro lado, en sus apuntes de 1923 y 1924 sobre Aristóteles y el concepto de verdad como desocultamiento, Heidegger sostiene que, desde que los griegos descubrieron esa comprensión originaria del ser y su manifestación en el habla, “la historia intelectual de Occidente nunca más ha vivido una elevación espiritual comparable a ella”. La afirmación revela así la extraordinaria ambición del joven filósofo: renovar el pensamiento occidental desde sus propios comienzos. Por eso no sorprende que Rüdiger Safranski, uno de sus biógrafos, haya escrito que el nombre de Martin Heidegger evoca “el capítulo más excitante de la historia del espíritu alemán” del siglo XX.

El segundo rasgo, directamente vinculado con el primero, es la notable continuidad interna del proyecto filosófico heideggeriano. Aunque se desarrolló en medio de las grandes convulsiones políticas del siglo XX y quedó atravesado por el ascenso y la caída del régimen de Adolf Hitler, es evidente que su orientación fundamental había comenzado a definirse mucho antes del nacimiento del nazismo y continuó desplegándose durante décadas después de su desaparición. Por esto, las quince piezas de estas Conferencias 1915-1932 constituyen también un documento valioso para dejar de sostener, contra lo que afirmó Emmanuel Faye, que la filosofía de Heidegger no habría sido otra cosa que una “introducción del nazismo” en el pensamiento. Por el contrario, lo que se puede ver es un proyecto intelectual cuya meditación y cuyos problemas fundamentales preceden ampliamente los años del Tercer Reich, más allá del fallido involucramiento personal del filósofo con el nacionalsocialismo en 1933. Como si se anticipara un siglo a sus críticos contemporáneos, entre sus apuntes Heidegger anota: “Lucha contra la habladuría que pretende ser abierta y sabia”.

Pero hay un aspecto menos polémico y, a la vez, curioso que también asoma en estas ideas tempranas. En un trabajo de abril de 1920 dedicado a la psicología, por ejemplo, aparecen preocupaciones a las que el gran filósofo alemán volvería una y otra vez a lo largo de las décadas siguientes. A veces bajo la forma de una crítica al predominio de la ciencia y a su tendencia a reducir toda experiencia humana al modelo del conocimiento objetivo, y otras mediante la defensa de la pregunta por “quién es” el hombre (frente a la interrogación acerca de “qué es”), la psicología, el psicoanálisis e incluso la psiquiatría siempre representaron para Heidegger modos insuficientes de aproximarse a la existencia, precisamente porque olvidan que el ser humano no es otro objeto susceptible de clasificación, sino el “ente” que se pregunta por la esencia de su propio ser.

Por supuesto, Heidegger nunca negó el valor de la investigación empírica ni la utilidad de los diagnósticos clínicos. Lo que cuestionó fue una determinada imagen del conocimiento, heredera de la modernidad técnica, según la cual todo aquello que existe debe presentarse como un objeto disponible para un sujeto que lo observa y lo explica. En otras palabras, la psicología y sus variantes erran en su verdadera pregunta. En “Sobre psicología”, por lo tanto, Heidegger escribe: “Sigue siendo científicamente inútil conocer la bibliografía de todo un campo, todas las diferentes opiniones e intentos de solución, si uno no ha vivido realmente dentro de un problema, si no ha estado en la actitud de la pregunta misma y experimentado la pregunta como pregunta”.

La misma preocupación, aunque ya con otro recorrido a cuestas, reaparecería en los célebres Seminarios de Zollikon, realizados entre 1959 y 1969 junto al psiquiatra suizo Medard Boss. En aquellos años, Heidegger dialogó con médicos y psicoterapeutas para mostrar los límites filosóficos de una comprensión puramente naturalista del ser humano. Y, tal como en 1920, su propósito no era ofrecer una nueva teoría clínica, sino recordar que ninguna descripción fisiológica, psicológica o psiquiátrica puede sustituir la pregunta por el modo de ser de quien existe. La enfermedad, el sufrimiento o la angustia solo adquieren pleno sentido cuando se consideran desde la apertura del hombre al mundo, no únicamente como procesos localizables en un organismo.

En una carta de octubre de 1963 enviada desde la cabaña de Todtnauberg con motivo de su cumpleaños a (Medard) Boss (NR: influyente psiquiatra y psicoterapeuta suizo), con quien mantuvo correspondencia desde 1947 hasta 1971, Heidegger escribe: “Mis buenos deseos para este día son sencillos: una vida pacífica… la fuerza para el trabajo fructífero en una profesión de ayuda, el don de una meditación que crezca desde el trabajo planeado de una ‘psicología’, por medio de la cual se acerque un cambio del modo de pensar de los médicos, que los lleve a una relación no deformada con los seres humanos y su mundo actual. Un trabajo tal requiere una larga preparación. Ojalá se le concedan muchos años libres de inquietud e infortunio”.

Leídas desde esa perspectiva, estas conferencias tempranas permiten advertir que los Seminarios de Zollikon no fueron un giro tardío ni un trabajo forzoso en tiempos de proscripción académica, sino la prolongación de una inquietud presente desde los comienzos de un itinerario intelectual. En conjunto, Conferencias 1915-1932 y los Seminarios de Zollikon muestran así la coherencia de una obra que, más allá de las controversias que todavía suscita, conserva la capacidad de sacudir algunas de las preguntas decisivas acerca del ser humano, el mundo y el sentido mismo de pensar.

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