Silvia salió a comprar helado. Era un día gris pero el sol iluminaba de tanto en tanto. Eran esos momentos donde la calle resplandecía cuando sentía el aire que tanto necesitaba.
Ya eran cinco años en soledad desde la partida de Niccolò, con quien compartió prácticamente toda su vida. Había aprendido a vivir sin amor romántico, sin esa chispa que la envolviese en el placer de los mayores misterios.
Pero Niccolò volvió a aparecer. El joven que recibió su pedido para prepararle el ansiado postre era igual al hombre del que se había enamorado. Por supuesto, tenía muchos años menos. Varios pares de décadas más bien.
Silvia quiso permanecer en contacto, aunque le parecía extraño pedirle el número al heladero. Se fue con un gusto amargo. Era libre, tenía su dulce, pero aquel rostro le trajo nuevamente los sentimientos que tanto había reprimido. De repente, había recordado esa felicidad desbordante solo contenida por un abrazo.

Sin embargo, la sensación de Silvia al salir del local no fue la más agobiante. Su interior empezó a incomodarse in extremis tiempos después, al tener, como las brasas del fuego, la imagen del joven en su mente. No estaba completa pero tampoco extinguida.
Esa sensación era el amor que ya se había ido. La contradicción de vivir con lo que ya no estaba la hizo permanecer en una angustia tortuosa, en largos minutos en la introspección más íntima. Estaba dolida tanto por lo que había pasado como por lo que no.
Cuando la ilusión se cruza en el camino, las heridas son inevitables, pensaba. Así y todo, la mujer le rehuía a creer que algo no se podía evitar. ¿Qué o quién podría arrogarse tal irrisorio poder?
Una semana después en su casa el muchacho apareció de repente. Lejos de verse asaltada por los nervios, Silvia empezó a volar por el aire. Todo se había desvanecido: el dolor, la angustia, la pérdida. Incluso ella.


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