Opinión Psicología

Los mil y un sentidos de las tiras de Tute

Psicólogo y perito forense, Héctor O. Becerra, está reuniendo desde hace años comentarios - estima alcanzar los 50 - para un próximo libro sobre historietas de Tute. El proyecto es parte de una experiencia de lectura que se llevará a las aulas.

Por Héctor O. Becerra

Una historieta puede ocupar apenas unas pocas viñetas y, sin embargo, abrir un campo de preguntas que excede ampliamente el espacio del dibujo. A veces alcanza una frase para poner en movimiento una asociación inesperada; otras, una situación cotidiana revela, detrás de su aparente insignificancia, un problema que atraviesa nuestra experiencia del mundo. En esa distancia entre la brevedad de la escena y la amplitud de sus resonancias reside una de las posibilidades más interesantes del humor gráfico.

Las historietas de Tute ofrecen un terreno particularmente fértil para explorar esa relación. Sus personajes se enfrentan con el amor, la soledad, la sexualidad, el paso del tiempo, las contradicciones de la vida cotidiana y las transformaciones de la sociedad. Dialogan, se equivocan, se interrogan y, muchas veces, descubren que las palabras no dicen exactamente lo que suponían decir. El humor surge entonces del desencuentro entre lo esperado y lo que efectivamente sucede, pero no se agota en la sonrisa que provoca. Puede dejar una pregunta abierta, modificar nuestra percepción de una situación o llevarnos hacia un problema que, hasta ese momento, no habíamos considerado. El interés de estas historietas no reside únicamente en lo que representan, sino también en lo que pueden suscitar en quienes las leen.

Toda obra establece una relación singular con su público. El autor construye una escena, dispone las palabras y organiza los elementos que la componen; el lector, desde su propia experiencia, establece relaciones, reconoce referencias y encuentra resonancias que pueden ir más allá de las intenciones originales. Esto no significa que la intención del creador carezca de importancia, ni que cualquier interpretación resulte igualmente válida. Significa, más bien, que una obra no queda necesariamente agotada por aquello que su autor quiso expresar.

La historieta, como la literatura, participa de esa circulación de sentidos. Una vez publicada, comienza también una historia de lecturas que no le pertenece exclusivamente a quien la produjo. Cada encuentro puede abrir una perspectiva diferente, sin que por ello sea necesario establecer una interpretación definitiva.

Desde esta perspectiva se inscribe un conjunto de comentarios sobre cincuenta historietas de Tute. No se trata de explicar sus tiras, de atribuirles significados ocultos ni de convertirlas en ejemplos de una teoría previamente establecida. Se trata de tomar cada una como punto de partida para una reflexión que puede conducir hacia otros territorios: el psicoanálisis, la literatura, la música, la historia, la ética o la política. La historieta conserva su autonomía; el comentario desarrolla un recorrido propio a partir de aquello que la lectura pone en movimiento.

En ese recorrido, el psicoanálisis constituye una referencia posible, pero no una clave universal. No todas las situaciones humanas requieren la misma perspectiva, ni una disciplina puede arrogarse el privilegio de ofrecer una explicación exhaustiva de la experiencia. A veces una asociación conduce hacia Freud; otras, hacia un tango, una canción de rock, una referencia literaria o un episodio de la historia argentina. Lo decisivo no es que la historieta confirme un saber previo, sino que permita formular nuevas preguntas.

El humor tiene una particular capacidad para producir ese desplazamiento. Allí donde el discurso solemne suele anunciar que está frente a un problema importante, la historieta puede presentarlo mediante una escena mínima, un equívoco o una respuesta inesperada. Esa economía expresiva no implica necesariamente simplificación. En ocasiones, por el contrario, permite abordar una cuestión compleja sin encerrarla en la solemnidad de los discursos que habitualmente se ocupan de ella.

El amor y sus desencuentros, por ejemplo, pueden conducir a pensar las dificultades del vínculo con el otro. Una escena relacionada con la muerte puede abrir una reflexión sobre la persistencia de los lazos afectivos después de una pérdida y sobre las formas en que los sobrevivientes conservan la presencia de quienes ya no están. Una palabra o un número pueden dejar de ser elementos circunstanciales para convocar la memoria colectiva, las marcas de la historia o las disputas por el sentido de aquello que una sociedad recuerda.

En estos desplazamientos se advierte que el humor no constituye necesariamente lo opuesto a la reflexión. Puede ser, precisamente, una de sus formas más eficaces. La risa no siempre resuelve la tensión que la provoca; en ocasiones, la vuelve más visible. Nos permite reconocer una contradicción, advertir un prejuicio o descubrir que aquello que parecía natural es, en realidad, una construcción que merece ser interrogada.

Hay también una dimensión ética en esta experiencia de lectura. Interpretar no equivale a descubrir una verdad escondida que autorizaría a quien interpreta a clausurar las demás posibilidades. Una lectura puede ser rigurosa y, al mismo tiempo, reconocer sus propios límites. Puede argumentar, establecer relaciones y sostener una perspectiva sin confundirla con la última palabra sobre la obra. Esta distinción resulta especialmente importante cuando el comentario se aproxima a una producción artística cuyo autor tiene, naturalmente, su propia relación con aquello que ha creado.

El propósito no es sustituir la voz del historietista por la del comentarista, sino establecer un diálogo entre ambas producciones. La historieta no necesita del comentario para ser comprendida ni adquiere su valor porque alguien la explique. El comentario encuentra su razón de ser en otra parte: en la posibilidad de prolongar la experiencia de lectura, explorar asociaciones y compartir con otros las preguntas que una obra puede despertar. Cincuenta historietas constituyen, en este sentido, cincuenta puntos de partida, no cincuenta conclusiones. Cada comentario propone un itinerario posible, una invitación a detenerse en aquello que el humor deja entrever y a continuar pensando más allá de la viñeta.

Quizá esa sea una de las virtudes más interesantes de la historieta: recordarnos que la brevedad no está reñida con la profundidad, que una sonrisa puede convivir con una pregunta incómoda y que una obra no pierde su riqueza cuando alguien vuelve a mirarla desde otro lugar. Porque hay historietas que terminan en el último cuadro. Y hay otras que, precisamente allí, comienzan a desplegar sus sentidos.

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