Vivía en una tinaja y comía de lo que le regalaban. Y aun así, Alejandro Magno tuvo que ir a buscarlo. A Diógenes lo habían echado de Sinope por un lío de monedas falsas y llegó a Atenas sin nada. Andaba descalzo y se burlaba de todo lo que la gente respetaba, porque tenía claro que mientras menos necesitas, menos te pueden mandar.
En el 336 a.C., cuando el nuevo rey llegó a Corinto, filósofos y políticos corrieron a felicitarlo. Diógenes ni se asomó.
Alejandro lo encontró echado al sol y le ofreció lo que quisiera. El viejo le contestó: «Hazte a un lado, que me tapas el sol». Se lo dijo a un muchacho de 20 años con un ejército detrás.
Los que venían con él se rieron, pero Alejandro les dijo: «Si yo no fuera Alejandro, sería Diógenes».
Y aquí está la parte que casi nadie cuenta. La frase de los huesos no sale en los relatos antiguos de ese encuentro. Se la colgaron siglos después. Lo que sí dicen esos textos es que los dos murieron el mismo día, en el 323 a.C.: Alejandro en Babilonia y Diógenes en Corinto.
Al rey y al mendigo la muerte los dejó parejos, pero solo uno vivió sin tener que quedar bien con nadie.
- Fuente: publicado en la cuenta Estoicismo, de Facebook


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