Argentina Cultura

La Magnolia de Avellaneda, símbolo de la Gata Flora en Argentina

La historia argentina está plagada de reyertas con visiones distintas de país y de internas sangrientas con fusilamientos y decapitaciones.

¿Por qué sorprendernos, entonces, con lo qué pasa en la actualidad, quizá un remanso, un tanto agitado y amenazante, sí, en medio de tempestades que arrancan con el nacimiento de la Patria y que hicieron confundir a las autoridades, en un papelón histórico, en el reciente festejo, con desfile militar, por los 207 años de la revolución del 25 de mayo de 1810 con el 9 de julio de 1816, día que se declaró la independencia?

Un cronista de Humanidad que suele correr por los bosques de Palermo, no deja de maravillarse con ese verde abierto y oxigenado, producto de la imaginación y el empeño de personalidades con mirada norteamericana y europeísta, como Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda, ambos presidentes y enfrentados en su momento con uno de sus predecesores, el general Bartolomé Mitre.

En una de esas incursiones, el cronista decidió a fotografiar un imponente ejemplar de árbol, la Magnolia Grandiflora, plantada en el Parque “3 de Febrero”, el 11 de noviembre de 1875, e inaugurada por Avellaneda, con sentidas palabras:

“Es la Magnolia americana del bosque primitivo con su blanca flor salvaje, que pueblos numerosos enteros de América enredaban en el suelto cabello de sus jóvenes mujeres, en símbolo de pureza. Podemos nosotros adoptarla como emblema de la intención sana y del propósito bueno que hemos tenido al ejecutar las obras de este paseo público que entregamos hoy al solaz del Pueblo”.

Leyendo a Félix Luna, en “Soy Roca”, se pone en boca de quien fuera encomendado a realizar la tan polémica “Conquista del Desierto” y luego elegido por dos períodos primer mandatario: «un presidente puede estimular, promover o empujar un poco, pero los cambios verdaderos y profundos sólo los puede producir la sociedad entera».

Luna también hace decir a Roca: “”las campañas que llevaban adelante los candidatos eran miserables: se mentía descaradamente, se amenazaba, se calumniaba a los adversarios. Se decía de (Adolfo) Alsina que era un borracho frecuentador de prostíbulos; de Avellaneda, que era afeminado, de Mitre, que era tísico y le quedaban pocos meses de vida…”

Sin ahondar en esas turbulencias que, con menor o mayor ferocidad, se sucedieron a lo largo de la historia nacional (podríamos poner en primer plano el despiste infernal durante la última dictadura militar o la crisis terminal de 2001 que, afortunadamente, fue subsanada tras un alocado periplo democrático), el cronista pensó en un dicho.

Un dicho escatológico que repiten muchos dirigentes para referirse al inconformismo perenne de los argentinos. Son muchos los que lo tienen a flor de labio, pero vaya a saber por qué el periodista recordó cuando en esa sentencia se escudaba Carlos Corach, ex ministro del Interior de Carlos Menem: “Son como la Gata Flora. Cuando se la ponen, grita. Cuando se la sacan, llora”.

¿Adónde vamos? A imaginar que ese árbol que hoy se ubica frente del Jardín Japonés, a unos metros de la parada del colectivo 102 (que curiosamente hace un trayecto que pasa por los Tribunales, donde residen los miembros de la Corte Suprema de Justicia, hoy tan cuestionados), se convirtió en una suerte de presagio sobre la envergadura de los infortunios que iban a sobrevenir en busca de un mínimo de concordia y convivencia civilizada. Parece que estamos lejos, repiquetean los que emulan a la Gata Flora y se expresan aquí y acullá.