La Dueña

Por Lucía Duarte

Cuando Emilia se iba de vacaciones a Formosa en julio, solía quedarse unos días más para el cumpleaños de su primo. Siempre hacía una gran fiesta con mucha comida, gente y música, la música era algo que nunca faltaba.

Una vez entre tantos otros chamamés, Emilia escuchó uno que le llamó mucho la atención puesto que le gustó mucho la historia que traía consigo. “Yo soy la Dueña del Monte, y vengo para llevarte, hasta aquí nomás llegaste, tu vida se terminó” cantaba uno de los músicos. Una canción muy curiosa para Emilia; una Dueña del monte que elegía llevarse el alma de alguien al azar. Le daba vueltas la cabeza el pensar las razones de esa Dueña del Monte para hacer tal cosa. Y así estuvo toda la fiesta, caminando mientras pensaba y se hacía preguntas acerca de cómo podía haber surgido esa leyenda; tal vez una mujer, en plena locura, decidió escaparse al monte donde algún sin suerte se la cruzó y de esa manera se originó esta leyenda. O tal vez otra cosa. Emilia imaginaba decenas de teorías, no podía parar de pensar. Pero había algo de lo cual no se había percatado: mientras más pensaba, más monte adentro se iba. Cuando se dió cuenta ya era demasiado tarde. Gritó pero nadie la oyó, pensó que tal vez por la música nadie podría escucharla. No quería volver sobre sus pasos, su abuelo le había advertido una vez que nunca hay que volver sobre nuestros pasos, ya que podríamos toparnos con una póra siguiendo nuestro rastro. Intentó regresar por una limpiada pero no hizo más que perderse aún más que antes. Emilia se largó a llorar, estaba desesperada hasta que oyó un ruido que venía de un árbol. Secándose las lágrimas preguntó quién estaba ahí. De repente una mujer vestida de negro salió detrás de ese quebracho colorado. Emilia atónita, solo atinó a preguntarle quién era, a lo que la mujer, cuyo rostro estaba cubierto con su pelo, le contestó “soy la dueña del monte.” Emilia quedó helada. No sentía miedo, simplemente no podía creerlo. Le preguntó qué hacía sola en el monte, a lo que la Dueña le contestó que éste era su hogar, y que ella sabía que estaba perdida y la ayudaría a volver.

No cruzaron palabra en todo el camino. Emilia seguía incrédula, aún teniendo como prueba de su existencia a la mismísima Dueña del Monte por delante, guiándola en su camino de vuelta al rancho de su primo. Sabía que iba por buen camino porque cada vez escuchaba más de cerca la música. A unos pocos metros de distancia, la Dueña del monte le dijo a Emilia que siguiera derecho por el camino indicado y se despidió de ella. A medida que se iba acercando a la fiesta, Emilia pensaba en lo extraño de que esta Dueña del monte vestida de negro no se haya llevado su alma tal como relataba la canción. Comenzó a creer que tal vez el camino la llevaría hacia la guarida de la Dueña y que toda su bondad solo había sido un truco para llevársela sin resistencia. Emilia decidió seguir por el camino y ver qué le deparaba su destino.

Cuando llegó parecía que nadie había notado su ausencia, pero sí su presencia. El horror pintaba las caras de todos; algunos rezaban, otros empuñaban los puñales, varios dispararon. Emilia no entendía qué pasaba hasta que oyó a una mujer que entre sollozos decía “es la Dueña del Monte” porque al parecer, en eso se había convertido.