Vida

El monólogo de Ernesto Sábato ante los Cadillacs

En el verano de hace hace 23 años, dos jóvenes, con la complicidad del autor de esta nota, visitaron a Ernesto Sábato, en su casa de Santos Lugares y alborotaron al barrio. Aquí va el relato para que se inspiren los adolescentes apasionados por la literatura y una modernidad que el escritor muchas veces detestaba por la falta de solidaridad con los más ancianos. Humanidad, que reproduce éste testimonio de su hijo Mario, lo escuchó lamentar en una presentación en la Feria del Libro de Buenos Aires, como los japoneses adinerados se desprendían “de los viejos y los mandaban a pasar sus últimos días (a morir, para ser más precisos) a bordo de lujosos cruceros”, lejos de sus familiares y amigos.

SOBRE HÉROES Y CALAVERAS

Por Mario Sábato

En la casa de Santos Lugares solían aparecer visitantes insólitos, que ya ni llamaban la atención de los vecinos.
Pero los que tocaron el timbre, esa tarde de verano en 1996, alborotaron el barrio.


Un joven de pelo rebelde y profusamente despeinado, y otro macizo, casi sin pelo y cubierto de tatuajes.
Para no ser obvios el que parecía tímido y asustado no era el jovencito desgreñado, sino el rubicundo tatuado.
Los hice entrar, y se los presenté a mi padre, que no tenía la menor idea de quiénes eran los Fabulosos Cadillacs.


Flavio Cianciarullo se sintió fuera de lugar, y creo que hubiera deseado tener un sobretodo que le ocultase los tatuajes: era preferible sofocarse de calor en vez de ahogarse en el ridículo.
Entró como pidiendo permiso, y debe haberse aliviado cuando sus notables tatuajes no fueron advertidos por su venerado escritor. Mi padre se quedó observando a Vicentico, que simulaba estar a su gusto.

-Jovencito –le preguntó – ¿Usted desconoce la existencia de los peines?
Vicentico se demudó, y no supo qué contestar.
Yo me reí, no tanto porque me divirtiera la situación, sino para advertirles que se trataba de una broma.


Para Flavio y Vicentico no fue el mejor comienzo, en esa reunión que ansiaban para conocer al Maestro.
Pero luego de ese tropiezo inicial el encuentro respondió a sus ilusiones. Sería exagerado decir que conversaron, porque ellos tenían ganas de escucharlo a Sabato, y a mi padre no le molestaba monologar. 


Sobre el final, les recordé para qué habían peregrinado a Santos Lugares:
Hicieron un tema que se llama Sabato – le dije a mi padre, para recordarles el propósito de su visita.
Vicentico sacó el cd y se lo entregó, y padre miró el sobrecito blanco con desconfianza.
– Está acostumbrado a los long play –le aclaré a los visitantes, que comenzaron a asustarse.
Lo lamento – dijo mi padre al devolverle el sobrecito- estas cosas no son para mí.
Yo ya la escuché –intervine velozmente- es buena. Muy buena.
Ah, bueno. Me alegro mucho. –aprobó mi padre.


Flavio, con el tiempo y otras visitas a la casa, entendió el sentido del humor de la familia.
Nos hicimos amigos, y lo seguimos siendo. 
Y hasta dice, tal vez por cariño, que le gusta el video que luego les hice, con el tema Sabato.

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