Cultura Sociedad

El erotismo infanto-juvenil de la Coca Sarli

Nos dejó un emblema del cine barrial de los años 60, 70 y un poquito más. Mario Sábato, recuerda a Isabel y a su mentor Armando Bó, en este relato desopilante.

Cuando pasábamos, en la edad del pavo, de la niñez a la adolescencia, nos divertíamos de manera muy distinta de la actual. Uno de los mayores atrevimientos, para algunos de los tontos que concurríamos al “Nacional, colegio de varones”, era hacerse “la rata” de vez en cuando e ir a ver películas prohibidas de Armando Bó. Su única actriz, la voluminosa y pasional Isabel Sarli, que nos dejó a los 89 años. despertaba todas nuestras imaginaciones pecaminosas. Hoy, a tanta distancia, esas escenas nos hacen gracia por lo inverosímiles e infantiles. “Santoro, asesino…”, le dice la Coca a un jornalero que se abalanzaba sobre ella de modo lascivo. La que me castigaba luego no era Santoro, sino mi mamá, a quien el acomodador del cine de Flores. le contaba que en la hora del colegio entraba con otros chicos a ver a la Sarli. En fin, a la luz de lo que sucede hoy, un pasado inocente. A continuación, Humanidad reproduce un relato que el cineasta Mario Sábato, publicó para su círculo de amigos en la primera quincena de este mes.

CINE BIZARRO, PERO INVOLUNTARIO

Por Mario Sábato

Armando Bó era muy mucho.
Era muy grandote, era muy tosco, era muy bruto y también -lo más importante- era muy buen tipo.
En el pequeño mundo del cine, para entonces más chiquito de lo que es ahora, se lo despreciaba un poco y se lo quería mucho.
No había surgido aún esa categoría tan preciada, la del cine bizarro, que hoy lo enaltece, acompañado por la Coca Sarli. La Coca tenía dos virtudes cinematográficas irrebatibles: sus voluminosas tetas.
Armando, creo, no hubiera aceptado la curiosa honra de ser bizarro. En todo caso, no era su intención serlo, como la es de Almodóvar, para dar un ejemplo.


Una tarde coincidimos en la fatiga del doblaje.
Para mí era extenuante eso de repetir tantas veces un pedacito de película para agregarle las voces de los actores.
Al principio, antes de grabar, el pedacito se pasaba las veces suficientes como para que los actores memorizaran el texto y adecuaran sus voces a los movimientos de sus labios mudos en la pantalla de proyección.
Luego, el director les recordaba los sentimientos que habían mostrado en la lejana filmación. 
Y finalmente comenzaba el momento más difícil, el crucial. La grabación, que se repetiría hasta que el sincro fuera perfecto, y la actuación impecable.
La extenuante odisea, que en la jornada de trabajo se padecería las veces que fuera necesario con otras tomas, concluía cuando se lograba que ningún futuro espectador advirtiese que las voces se habían agregado, artificialmente, después de la filmación. 

La Coca, entre Víctor y Armando Bó, cine bizarro argentino


En el cine, siempre, la mentira tiene que parecer verdad.
En una pausa de mi trabajo, lo fui a visitar a Armando, que estaba en una sala de doblaje vecina a la mía.
Con una sonrisa me agradeció la visita, y me dijo que me sentara a su lado, en el control de grabación.
Adentro de la sala, blindaba contra los sonidos externos por la pesada puerta y los dobles vidrios de la ventanita que permitía mirarla, estaba la Coca. Rodeada por la oscuridad, apenas mitigada por la lucecita que alumbraba el guión que estaba en un atril, hacía lo que hacía en las pausas de su trabajo: tejía. 


Tejía mucho, tejía siempre. No sé si se dedicaba a un solo suéter, que debía ser interminable, o alguna bufanda kilométrica. 
La interrumpió Armando:
Coca, ahora viene la que decís….
No me acuerdo qué le dijo que decía, pero lamentablemente no fue aquel maravilloso “Qué pretendes tu de mí”, que le preguntó a su décimo violador, que ya se había sacado los pantalones.
La Coca obedeció, con su voz de pito:
Bueno.


Armando dejó el intercomunicador y, para mi estupor, le ordenó al sonidista.
Dale, grabamos.
Sin ensayos previos, sin múltiples pasadas, la Coca apenas miró su imagen en la pantalla, que la mostraban con el magnético esplendor de sus potentes glándulas mamarias al aire, y dijo su texto.
Totalmente fuera de sincro. No había ninguna relación, por remota que fuera, entre el movimiento de sus labios y la vocecita que le habían endosado.


Hecha. Determinó Armando, y le dijo al operador que cargase el siguiente sinfín.
Como colega, pero sobre todo como amigo, supe que tenía una dura misión que cumplir.
Me acerqué más, para decirle en susurros y sin que nadie más que él me oyese, que la toma no era buena, con esa carencia de sincronización que ningún técnico podría arreglar y ningún espectador dejaría de advertir.
Marito -me contestó- si alguien le mira los labios en esta toma, yo me clavo un cuchillo.
Armando la tenía clara.

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