Cine Cultura

Mirtha Legrand, la hermana más famosa de un gran maestro del cine argentino

A los 93 años, falleció el sábado pasado José Martíinez Suárez, director de películas emblemárticas como El Crack y Dar la Cara. Mario Sábato, nos enternece con este recuerdo.

Está acostumbrado a sorprendernos con sus comentarios mordaces, que solo comparte con sus amigos, aquellos que intercambian ideas y emociones con él, sin insultar ni agraviar. Solo cuando habilita “compartir” en Facebook, pueden difundirse sus textos. Eso, por supuesto, es aprovechado por Humanidad, que titula la nota a gusto y piacere, aún a riesgo de que el cineasta Mario Sábato, refunfuñe y termine concediendo:…bue…

Por Mario Sábato

Solo en un país como el nuestro, habitado por tantos deslumbrados por las banalidades, puede ocurrir que una hermana de Martínez Suárez sea mucho más famosa que él. 
En mi barrio sea decía que la fama es puro cuento, y debe ser cierto.
Pero, al menos en los que amamos el cine, José fue, y seguirá siendo, una estrella de verdad, de esas que guían el camino a los que se pierden.
Publiqué este texto hace algunos años, en los albores de esta página, cuando tenía apenas unas decenas de seguidores.
Luego fue parte de mi libro, “La imposible melancolía”.
Lo vuelvo a mostrar hoy, en esta mañana que era luminosa hasta hace unos segundos, y que se me oscureció cuando me enteré que José, mi amigo del alma, mi maestro de vida, se había muerto.

EL MAESTRO Y SUS CHINCHORROS

Nos llamaban los chinchorros. 
Por si no lo saben, un chinchorro es un bote pequeño, que se amarra a una embarcación y navega detrás de ella. Su uso es tan humilde como su aspecto: sirve para tareas menores, en las que la nave importante no debe distraerse. 
Lo chinchorros éramos Enrique J. y yo, por entonces dos jovencitos entusiastas del cine. Y la embarcación mayor era José Martínez Suárez. Lo seguíamos con fervorosa admiración, hasta que, molesto o hastiado, nos echaba con un gesto minúsculo.


Su disgusto, no solo por nuestra persistencia, sino también por muchas otras cosas de la vida, se evidenciaba apenas, con esos gestos mínimos, con miradas fugazmente relampagueantes o con una leve y helada sonrisa. Había que estar atentos, y nosotros lo sabíamos. Muchos de sus interlocutores, distraídos cuando menos les convenía, habían sufrido las sordas indignaciones del maestro, que les condenaba desde entonces, y sin que ellos supieran por qué, al ostracismo.


José Martínez Suárez, desde los pantalones cortos, había elegido el cine como su manera de vivir. Y de vivir a su manera, con pasión, con honestidad, con implacable rigor.
Era lo que deseábamos ser nosotros, y por eso que lo elegimos como maestro. Fue inevitable, y no se nos pasó por la cabeza preguntar si nos aceptaba como alumnos.


Ahí estábamos, siguiéndolo por los pasillos del Laboratorio Alex, atentos a todo lo que dijera, tratando de entrometernos cuando compaginaba, cuando hablaba con sus colaboradores, cerca cuando estaba de buen humor y prudentemente alejados cuando detonaba uno de sus habituales ataques de furia.


Enrique y yo lo seguíamos, como chinchorros,. Y todavía no nos animábamos a decirle Josesito, como lo llamaban sus amigos.
(Permítaseme la digresión. Que escriba Josesito, en vez de Josecito, no es un error. El dice que en su caso se escribe así, y los que lo conocen saben que no es prudente cuestionar sus órdenes).
Josesito, entonces, estaba terminando su segundo largo, Dar la cara, así que esto sucedía en 1961 o en 1962. De a retazos, a veces con permiso, otras furtivamente, podíamos presenciar su trabajo.

“Pienso, hago y cuento en cine”


Nos invitó al estreno, en un cine estaba en la calle Lavalle, que después fue un templo evangélico, donde se practicó la libertad de hurto. 
El cine era enorme, y su pantalla gigantesca. 
Que yo no era uno de sus invitados importantes me quedó en claro cuando me tuve que sentar en la primera fila, bien al costado, al lado del pasillo.


Al día siguiente, en Alex, José estaba rodeado de admiradores entusiasmados con la película, que bien merecía tantos elogios.
Yo permanecía en silencio, y no solo porque los demás tenían más autoridad para expresar sus opiniones. Después de un rato, José me miró, y en su mirada leí la orden de decir lo mío.
Yo sabía que mi opinión debía ser honesta,
Apenas pude balbucear que yo no había visto Dar la cara, que por mi desafortunado ángulo de visión, apenas había visto Dar la mejilla.
Un silencio helado, que me pareció eterno, fue la respuesta de todos.


Supe entonces que un rasgo distintivo en el tormentoso carácter del maestro era, y sigue siendo, el sentido del humor.
Es obvio que detrás de su dureza, a veces feroz, se escondía un tipo tierno, capaz de dedicarles tiempo a dos chicos como nosotros. 
Enrique J., que ya tenía el ardor político que lo llevaría a su muerte, había logrado filmar su primer corto.


Creía, como tantos otros y especialmente en aquella época, que el cine debía ser un instrumento para el cambio político. Un arma, como las menos metafóricas que algunos ya estaban usando porque creían que era el camino para terminar con la injusticia y comenzar con la esperanza.
Muchos de nosotros, incluyendo a los que disentíamos con la violencia, habíamos colaborado en su cortometraje. Por entonces no se usaba eso de pelearse por lo que se pensaba. 


Yo había participado modestamente, en la grabación de un coro de voces indignadas. Le gritábamos a los tanques de la dictadura que no iban a pasar. 
Eran momentos de ilusión, cuando aún no se sabía que cada vez que se grita “no pasarán” o “el pueblo unido jamás será vencido”, inevitablemente pasan y vencen.
O son sordos o son más poderosos.


El corto de Enrique era ingenuo, pero eso no es inevitablemente un defecto. Pero, aunque me duela recordarlo, era patéticamente ingenuo.
José vio el corto, y no hizo ningún comentario, Tardé unos años en darme cuenta de que era una gentileza de su parte. Enrique no entendió su silencio, y le contó lo que quería hacer.
Le dijo que quería meterse en el sindicato de los técnicos, hacer la carrera desde abajo para aprender, pero que tenía una preocupación que lo desvelada.


José, que aprobaba la idea, le preguntó que lo atormentaba.
Tengo miedo –le confesó Enrique- que piensen que me la creo, porque ya dirigí un corto.
Josesito no dudó ni un instante en darle la solución:
En ese caso le mostrás el corto y listo


Para los que piensen que el comentario fue muy duro, debo advertirles que años después, cuando Enrique estaba cercado por los represores, José, que no compartía sus ideas, arriesgó todo para ayudarlo.

…Los muchachos…El Crack y Dar la Cara, obras que hacen historia


Pasaron más de cincuenta años desde aquellos momentos iniciáticos, cuando lo elegí a José como un maestro.
Los años cambian a las personas. En algunas atempera sus pasiones. En otras, aunque no sea lo habitual, las exalta. 


José es más intolerante con las injusticias, más fanático de la solidaridad, más intransigente con los principios que siempre sostuvo.
Eso sí: su pasión por el cine sigue siendo la misma que la que tenía cuando entró en los Estudios Luminton de pantalones cortos. No puede aumentarla, porque ya entonces no tenía límites. Le devoró la vida, se la sigue devorando.


Aunque me repita, voy a transcribir lo que quise decir cuando me dieron un premio por Ernesto Sabato, mi padre.
“No voy a dedicar este premio a mi padre y a mi madre, porque a ellos ya les dediqué mi película.
Tampoco a mi mujer, a mis hijos, a mis nietos ni a mis cinco perras, porque ya nos dedicamos todo el amor que nos tenemos, que no es poco.
Se lo quiero dedicar a mi maestro, al que elegí cuando empezaba con este sueño que no cesa, que es hacer cine.


En los cincuenta años que pasaron desde entonces, mi admiración y mi afecto hacia él fueron inclaudicables.
Nunca se lo dije, porque mi pudor y el suyo me lo impidieron. Pero fue y sigue siendo el maestro de vida y de cine que elegí hace medio siglo.
Uso dos títulos que todos conocemos, uno textual y otro parafraseado, para decirle: Al Maestro Con Cariño, de Su Peor Alumno, este premio es para vos, Josesito Martínez Suárez.”

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