Sociedad Vida

La elegancia

Escritor, periodista, licenciado en derecho, filósofo, Manuel Vicent, deleita con sus relatos, en el madrileño diario El País. Aquí nos da una lección de salvación definitiva.

Del arcón de los recuerdos, se pueden extraer escritos que conmueven al corazón. Casi por casualidad, Humanidad rescató un relato de Manuel Vicent, publicado hace poco más de 19 años en la contratapa del diario El País. Enseña a palpitar, a amar a las criaturas más nobles, nuestras mascotas. Para que no se quede olvidado en una carpeta, lo compartimos con nuestros lectores.

Por muy budista, estoico o místico que uno sea, nunca logrará morir con la elegancia que lo hace un perro. He visto expirar a algunos animales. De niño asistí a la muerte de una yegua que se llamaba Maravilla, aquella que me llevaba en los veranos a la playa. Estaba echada en el establo y al sentir que me acercaba ya no movió la cabeza, pero ladeó un poco la córnea muy lívida para lanzar su última mirada de resignación que no he olvidado.

Cuando después he leído a Marco Aurelio, a Schopenhauer y el libro sexto del Mahabharata indio acerca de la extinción de los anhelos humanos he pensado que esa filosofía sólo era un texto rudimentario si lo compraba con el mensaje que los ojos de la yegua me transmitieron. Algunos papas han muerto blasfemando. El místico alemán Tomás de Kempis, que escribió en el siglo XV uno de los libros más profundos de la espiritualidad, La imitación de Cristo, fue llevado apresuradamente a la tumba durante una peste y sin duda lo enterraron vivo porque años después, al exhumar sus restos para beatificarlo, comprobaron que aún tenía las manos crispadas arañando la tapa del féretro.

Por este motivo no fue llevado a los altares. Esto no le sucederá a mi perro Tobi. Si toda la filosofía oriental consiste en hacer una obra de arte de la conversión del cuerpo en abono orgánico que alimentará a los manzanos, Tobi aventaja en sabiduría a cualquier monje budista. En estos últimos años todo cuanto sé lo he aprendido de este perro ratonero que recogimos en la calle después de atropellarlo.

Aunque es un perro diminuto, siempre ha tenido un ego de mastín, y era tan caliente como humo de pipa, pero ahora que está en las últimas ha perdido su obsesión por ser el centro del universo y ha comenzado a meter su alma hacia el fondo de sí mismo hasta convertirse en un ejemplo de estoicismo, con una suprema aceptación del fin de la vida en la mirada que para sí la hubiera querido Séneca.

En Norteamérica, la psiquiatría y el psicoanálisis están siendo sustituidos por dispensarios de filosofía donde la locura moderna ya no se cura con pastillas o con la disección del viscoso subconsciente, sino con los aforismos de los sabios. Los filósofos ahora abren clínicas y recetan a Epicuro o San Agustín contra la neurosis de sus pacientes. Sólo les falta dar un paso más para llegar a la salvación definitiva: mostrar la elegancia inimitable con que aceptan su destino y mueren los animales.

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