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Stephen King, un conocedor del miedo, en sus múltiples facetas

Marcelo Figueras ahonda sobre el escritor estadounidense, conocedor del miedo, "no solo de las fuerzas demoníacas, sino ante todo de la soledad, la pobreza, el hambre y lo desconocido".

Por Marcelo Figueras ( El Cohete a la Luna)

Puede sonar raro, pero creo que Stephen King es un escritor realista. ¿King, el autor de clásicos del terror como Carrie, El resplandor y Cementerio de animales? ¿El creador de sagas fantásticas como La torre oscura? Sí, ese mismo.

Sus relatos funcionan aceitadamente y enganchan hasta a lectores que no comulgan con los géneros más delirantes, porque se toman todas las páginas que haga falta para anclar la historia en el mundo real.

“El rasgo definitorio de Stephen King. escribió Jonathan Barnes en el Times Literary Supplement, “es la paciencia”.

En El resplandor (1977), King describe así a la familia Torrance, atrapada por el Overlook Hotel: “Dentro de su caparazón, los tres retomaron su rutina vespertina, como microbios atrapados en el intestino de un monstruo”. En la literatura de King hay algo de la paciencia y la atención al detalle del naturalista de profesión.

Esa es una de las razones por las cuales, a pesar de ser uno de los autores más codiciados por el cine y la TV, muy pocas de las adaptaciones de sus obras están a la altura del original.

Por la compresión a que obliga su formato, el cine se ve obligado a desechar los detalles que construyen el verosímil literario con preciosismo de calígrafo chino y opta por el trazo grueso.

King es un narrador populista, de acá a la China. Para empezar, tiene un oído sensible a la música del habla popular. Eso sí, excluyendo a la minoría negra que obviamente no frecuentó durante sus 72 años vividos en la predominantemente blancos pueblitos de Maine, Nueva Inglaterra, escenario de la mayoría de sus historias. Las veces que ha querido reproducir el slang del morochaje, patinó a lo loco.

También es dueño de un ojo atento a los detalles de la vida de la gente común, que revela que a pesar de la inmensa fortuna que amasó, nunca se aisló del mundo. En su ensayo On Writing (2000), recomienda a los aspirantes a escritores ser siempre específicos en vez de genéricos: sus personajes nunca encienden un cigarrillo — encienden Marlboros, Newport o Camel. La justificación es que eso ayuda al lector a meterse en la escena, a verla en términos reconocibles, familiares. El recurso le resulta natural porque, estoy seguro, deriva de su forma de vincularse con la realidad.

Su fama y su cuenta bancaria ya no son las mismas que tenía a los 20, pero sigue vistiéndose igual que entonces y usando el mismo, anticuado tipo de anteojos. King es de esas celebridades que a nadie le sorprendería encontrar en el super, con su gorra de los Toronto Maple Leafs —un equipo de hockey sobre hielo— y un pack de cervezas Miller colgando del dedo índice.

Esto último es un ejemplo, nomás. King está sobrio desde fines de los ’80, cuando se sobrepuso a la adicción al alcohol y drogas como la cocaína, el Xanax y el Valium. Llegó a estar tan colgado, que dice no recordar haber escrito la novela Cujo.)

Sus personajes suelen ser gente de su extracción social: clase media o media baja, laburante, con las preocupaciones y debilidades (¡y con los temores!) que tenemos todos.

Antes que una novela de terror, Carrie tematiza lo que hoy llamamos bullying y sus consecuencias. Antes que la historia de una mansión embrujada —bah, un hotel—, El resplandor es la proyección oscura de los miedos de un hombre que teme ser un padre horrible. En Cementerio de animales relee el cuento La pata de mono de W. W. Jacobs, pero no tanto por el deseo de retomar su mecanismo fantástico, el talismán, o en este caso terreno, que permite resucitar a un muerto, sino ante todo desde el terror que sentimos madres y padres ante la perspectiva de perder a alguno de nuestros hijos y la convicción de que estaríamos dispuestos a cualquier cosa, pero cualquier cosa, para revertir esa desgracia. Si en algo coincido con King, es que Cementerio es su novela más terrorífica.

Por eso creo que si King es un realista, se debe ante todo a que entiende como pocos los miedos de la gente. Lo que detona esos pánicos puede ser un elemento fantástico, pero lo que se teme es algo verdadero, que puede determinar nuestro destino: perder el control, ser humillados, fracasar. En 2003, cuando la National Book Foundation le dio una medalla, el escritor Walter Mosley (otro realista) elogió “su comprensión instintiva de los miedos que conforman la psique de la clase trabajadora. Él conoce el miedo, y no sólo el miedo de las fuerzas demoníacas, sino ante todo el de la soledad y la pobreza, del hambre y de lo desconocido”.

Sus detractores apuntan contra su estilo, porque es accesible. Y él mismo parece menospreciarse, cuando dice cosas como que leer sus libros es el equivalente de zamparse “un BigMac con papas fritas“. Yo creo que esa definición tiene más que ver con su malicioso sentido del humor: porque King es consciente de que cuando quiere, escribe muy bien, y también sabe que nadie valora más un BigMac que aquellos que, como sus lectores, a quienes suele llamar mis lectores constantes, han estado cerca del hambre real o de la posibilidad certera de sentirlo.

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