Argentina Sociedad

Lejano Sur, Lejano Oeste

La Patagonia maravilla a los visitantes nacionales y extranjeros. Es tierra de promisión. Sin embargo, Ariel Adler, relata historias de soledad, violencia, comidas grasosas y tormentas de tierra.

La revista Anfibia reprodujo un artículo del cineasta Ariel Adler, un porteño que recorrió durante meses la región de El Manso, un valle de Río Negro pegado a la frontera. Las entrevistas y su memoria editaron una cartografía en la que “la vida cotidiana detrás de la postal de la Patagonia, no tiene nada que ver con paz, amor, chocolates y ovejas”. En su trabajo “abundan historias de soledad, violencia, comidas grasosas cortadas con facón y tormentas de tierra”.

Humanidad, para avivar el interés de los lectores, apenas edita unos breves extractos de la nota, seleccionados arbitrariamente:

Las leyendas del western patagónico abundan. Son muchas las voces que cuentan las cabezas que rodaron por parte de familias que se asentaron campo adentro. Que cuentan también que a los hijos de algunos les regalaban a los nueve años la pistola, pero recién a los treinta y tres podían sentar a la mesa la que empuñaban por las tardes. (Serán esas coincidencias bíblicas, dirá alguno).

Uno de los de arma bajo el cinturón nos recibe con un mate al que no me pude negar, por respeto. Tiene un ojo maltrecho y con el sano parece hacerme radiografías. Cuando me acerco para hacerle alguna pregunta da un paso atrás. Habla de sus quince hermanos, de su padre, de su abuelo y de Perón: dice que lo conoció y que vive allí gracias a él. Un tío se había ido a buscar mejor vida a la capital porteña y tuvo la suerte de entrar a trabajar en el gobierno. Por ese tío, el mismísimo presidente le firmó los títulos de propiedad a su padre. Se lamentó por no tener en su poder el título con la firma del general. Perdió casi todo en una quema. Fue en uno de los tres robos que sufrió. Asegura no saber quién fue. Su ranchito está a veinte kilómetros de la ruta; el vecino más cercano vive a cinco kilómetros.

Recuerdo cuando un poblador me contó sobre el sobrino del ojo maltrecho. Con trece años le robó la vaca a sus tíos (sus patrones por ese entonces) y anduvieron a los tiros por el campo. Había carneado a la vaca porque necesitaba llevar comida a su casa. El trabajo lo pagaban muy mal y tarde, y cuando estaba guardando la vaca en el baúl de su Peugeot 504, sintió que se le quebraba la cintura. Cayó al piso y quedó tirado medio día embarrado con su propia sangre y la de la vaca. Sus tíos lo creyeron muerto y por eso lo dejaron; para que se lo comiera algún chimango o aguilucho. Al despertar, se fue con lo que quedaba de él para no volver nunca más.

“Es el hombre”, me dice una mujer que llegó al campo hace una década. “El hombre nos mata. Yo tuve suerte, sabe, me dijo entre mate y mate y unas medialunas que le llevé para no ir con las manos vacías. “Si usted le pregunta a La Negra, ella le dirá, tal vez.” Así me dijo, pero a La Negra era muy difícil ubicarla. “Varias se tuvieron que ligar las trompas”, me aseguró con los ojos abiertos como para acaparar en su campo de visión la habitación completa y más allá. “Eran carne de cualquiera. Veían la mecha suelta y cualquiera de los hermanos u otras familias las tomaban como presa. Fueron violadas y aún siguen siéndolo decenas de mujeres, cientos quizás”.

“Volvete, pibe, porque acá no hay trabajo ni para nosotros, los nyc”, me dijo una vez un local.

Los retamales fueron enrojeciendo en pocos días. Las lluvias embarraron los caminos y el cielo, cuando avanza el otoño, se confunde con los lagos. Salir del auto es recibir la violencia del viento que zamarrea sin mucho esfuerzo a quien se le enfrente. El sonido se vuelve un incesante crepitar que no deja grabar. Paramos frente a una laguna que se formó por la lluvia. Un grupo de cauquenes se desplazan por el espejo de agua. Los árboles están invertidos. Una nube de tierra nos envuelve.

A unos treinta kilómetros de la ruta hay un centro de salud: una pequeña construcción que queda detrás de un galpón. En la entrada, una cabina de teléfono público como esas que se ven en películas inglesas. Unas gallinas merodean el barrial que funciona como estacionamiento. Un asistente sanitario nos invita a pasar. Las paredes están empapeladas con carteles que hablan de infecciones de transmisión sexual, animal y de concientización de temas como el aborto.

El médico visita a los pobladores que no pueden llegar al centro de salud por sus propios medios. La primera parada es en un caserón que dice “Terminal”. Nos recibe una mujer de pasos cortos y pelo revuelto. Se queja por no haberse vestido para la ocasión, y en su queja resplande una sonrisa desdentada. La oscuridad en el interior era total. Las ventanas no iluminan más que los marcos. El doctor enciende una luz a gas y le toma la presión. Entra un hombre más bajo que el trípode. Taconea con sus botas altas. Dice, con los labios apretados y el cuello tensionado hacia atrás, que su madre no tomó las pastillas porque se levantó tarde. El médico se rie y le palmea la espalda a su paciente.

“¿Esta es la terminal del pueblo?”, pregunté. “No, m’hijo”, dice la mujer casi sin levantar la voz. “Ya hace tiempo que acá no pasa nadie. Solo animales, camino y nosotros.” Ella vive con su hijo en este caserón ajeno, de la ex esposa de una pareja fallecida. Teme que la desalojen en cualquier momento. Antes, al menos, asegura que pasaban los colectivos y llegaban turistas. Hoy no pasa nada. Desde la ventana se ve el río donde pescan truchas, lo único que comen.

Seguimos con la recorrida y nos encontramos con más mujeres erosionadas por el vapuleo del machismo.

La F100 se siente anfibia al cruzar un río; subimos en picada hasta un pequeño valle. Cinco perros ladran en la puerta de un rancho. Las ventanas tienen por vidrio un plástico similar al que se usa para invernaderos. Sobre un piso entre adobe y cemento corretean una nena en bombacha y un nene en calzoncillos. Son los nietos del paciente, un hombre diabético, de cara estrecha como el camino. Los chicos corren y, en su juego, se acercan cada tanto a la cocina económica para calentarse. El hombre agradece al médico por haberle llevado los medicamentos para su tratamiento. Uno de los perros le muerde una bota al médico y se va corriendo mientras gruñe. Tres cueros de oveja cuelgan del techo.

Mientras comemos bifes de vaca recién carneada en el puesto de La Ceci, nos enteramos que el médico es Testigo de Jehová. Se sumó a una delegación que llegó a la zona hace un par de años y que a falta de iglesia suelen juntarse en la casa de algún poblador para estudiar la biblia.

Vamos a la casa de un tal Moncho. Su hermano está casado con la hermana de su esposa. Nos convida chorizo de cerdo embutido. Mientras me da una tajada con el facón, hablan de la triquinosis. El asistente sanitario dice haberse infectado. “No se te va nunca”, asegura. Moncho y su hermano dicen que tienen miedo, preguntan qué pueden hacer. Mientras montamos la cámara al trípode, el médico les da unas pastillas. “Una cada doce horas por una semana”, les indica. “Todas de una es más fácil, doctor, así no me olvido”, suelta Moncho.

En el campo casi todo es grasa. Carne de capón, torta fritas de capón, sopa de capón, y cada tanto un pedazo de vaca, si es que sobra.

Una tarde como cualquier otra en El Manso, llegamos a lo de un antiguo poblador, hacedor de caminos. Su esposa, una maestra añeja, de las primeras, se calienta el cuerpo contra el hogar a leña. Tienen de mueble una escalera que termina en el techo. En uno de los costados de la escalera, retratos, cueros de vaca, un cráneo de jabalí que entre sus dientes resguarda una bolsa con tabaco, la decoran como si fuera una pared. El hombre, que debe calzar un poco menos que Gulliver, muestra sus botas salpicadas con barro y nos narra cómo llegaron a vivir en ese terreno. Nombró apellidos de malandras, algunos liquidados por él. “Y es que, claro, acá tenía que usar poncho corto y arma grande; para que se viera.” El hombre se queja por un dolor en el hombro. Será de tanto balazo, pienso. Me doy vuelta y veo dos escopetas al alcance de la mano apoyadas contra una pared. “Aquí no hay ley”, dice el hombre.

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