Política

Sin luna de miel

Desafiado por la Iglesia, el campo, jueces y diplomáticos, el moderado Alberto Fernández, enfrenta una semana crucial. Avanza con las reformas o cede ante las bravuconadas.

A casi nadie en el mundo – salvo que tuviera una dosis tal de locura para ser encerrado en una clínica psiquiátrica de alta peligrosidad – se le ocurriría pensar que la vicepresidente de la Argentina, Cristina Kirchner, es la generadora del coronavirus. Sin embargo, en la Argentina ciclotímica, que gira como un trompo, sacando de tanto en tanto la sortija del FMI, son muchos que ven en ella todos los males de la humanidad. Ombligo aparte – nuestro país no lo es, ni mucho menos -, hay comunicadores e intelectuales kirchneristas que exageran el odio que se propala hacia las clases altas. También, hacia las bajas. Se lo dijo una vez la cantante Joan Báez a este cronista, durante una visita a Buenos Aires, durante la cuál no pudo dar la ronda con las Madres de Plaza de Mayo, por temor a las amenazas de los dictadores militares: “la justicia que es tuerta, no es justicia”.

Alberto Fernández, y su coalición del Frente de Todos – en la que Cristina tiene una relevancia sustancial – trata de comportarse con moderación y equilibrio. Hace malabares para no pelearse con “el guapo del barrio” (el norteamericano Donald Trump), porqué necesita de su apoyo para hacer pagable la deuda externa que alimentó Mauricio Macri (una persona sin pretensiones claras de ser líder opositor).

Está claro: Alberto no simpatiza con Jair Bolsonaro (por cuestiones personales, políticas e ideológicas), pero la alianza estratégica de la Argentina tiene por punto de referencia a Brasil, cuyo mandante democrático es hoy peón de Estados Unidos: Trump alienta la expulsión del régimen del régimen de Nicolás Maduro, en Venezuela (aunque ya no por la fuerza, tras el fracaso del Grupo Lima); apoya a Sebastián Piñera en Chile, cuya población civil se levantó en contra de la desigualdad social y respalda al golpe del Ejército y la Policía contra Evo Morales, proceso que tendrá un desenlace incierto en las elecciones del 3 de mayo.

Las urnas se pronunciaron en octubre. 48 para el Frente de Todos; 40, para Juntos por el Cambio, un conglomerado básicamente de sectores altos y medios  que le atribuyen todos los males al peronismo.

Ni luna de miel tiene Alberto. El escritor Jorge Asís, pesimista por naturaleza (todo, en la Argentina, termina mal, machaca), le dio un margen de 100 días, para profundizar su mirada crítica, lo que no le impide ir dando adelantos escépticos ahora que está de estrella en uno de los programas más vistos por cable.

En el día 89, la Iglesia Católica, con apoyo de las evangélicas (fuertes en Brasil), le hizo saber al gobierno que se opone a su proyecto abortista por cuestiones sanitarias: “Millones, creyentes y no creyentes, tienen la profunda convicción de que hay vida desde la concepción”, alertó Oscar Ojea, presidente de la Conferencia Episcopal, en la misa celebrada en Luján. Según la “jubilada” “Lilita” Carrió “de nadie”, la iniciativa de Alberto cuenta con el guiño del papa Francisco. Contradicción no resuelta.

La mesa de enlace agropecuaria, a años luz de la resolución 125 (punto culmine del enfrentamiento entre el kirchenrismo y el campo que determinó luego de 2008 la salida de Alberto como jefe de gabinete), volverá mañana a las rutas, por una suba de retenciones a la soja de 3 puntos para los mayores productores. Hará sentir irritación y descontento con el gobierno entre lunes y el jueves. Cese de comercialización total en medio del jaque de los acreedores externos, muchos de los cuáles son argentinos.

“Hay una cuestión ideológica”, admitió sin medias tintas Jorge Chemes, de CRA, a sabiendas que adherentes a la Federación Agraria, no están de acuerdo con una medida tan salvaje y que ya provocó rechazos tajantes de Juan Grabois y Oscar Parrilli, entre otros. Malas palabras para los grandes grupos mediáticos.

“Nos movilizamos principalmente o principal para que nos saquen impuestos”, blanqueó Chemes. Lo que resulta inaplicable. Es evidente hasta para los que circulan por la ancha Avenida del Medio, como el ex ministro Roberto Lavagna. Por algo se mandó a guardar y rechazó encabezar el Consejo Económico y Social. “Acá nadie cede nada”, lamentó.

A todo esto, los que no pueden reclamar, porque no tienen peso específico, son los jubilados que no son de privilegio y no cobran la mínima. Solo lo digno, hasta ahora. Aportaron durante decenas de años para que, como otras tantas veces, le achaten la pirámide salarial y terminen en la miseria.

Solidaridad. Jueces, diplomáticos y otros bendecidos por el Estado presionan para que nada cambie. Los que observan de afuera, ven con más claridad las miserias de adentro. ¿Si el plan del gobierno no se define ahora, cuándo?

Periodista. Trabajó en Crónica, NA, DyN, Clarín, Televisión Pública, Canal 13, La Nación y en el diario Río Negro. Becado por la Universidad de Harvard, asistió a cursos de perfeccionamiento en Boston, Estados Unidos. Además estudió en Alemania y Francia.

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