Sociedad

La miseria de la peste

El coronavirus actúa como un revulsivo social y nos obliga a repensar el sentido de nuestros comportamientos. Los argentinos nos parecemos más a los italianos que a los chinos.

Temprano recibo un mensaje por Wahtsapp (6.50, por supuesto ni me molesto en mirarlo). Un poco después de las 8 lo leo. Es de un cercano: “Hola, saludos con el codo. Estoy desvelado. Preocupado por el corona”. No es una publicidad de la cerveza mexicana. Es más: el querido familiar, a quien observo groseramente contradictorio (¡seguro también lo soy!) defiende la solidaridad con los más castigados por el sistema salvaje capitalista (y, pongamos regional de vida, para no meter en el lío a Donald Trump y XI Jinping), pero a la hora de los bifes no trepida en practicar un acendrado personalismo y preferir el vino. “Nombraron a fulano de tal en el …. Lo voy a llamar y decirle que se acuerde de mí”. Fulano de tal, cumple con el grupúsculo de amigos, pero cierra el teléfono a los usuales “mangueros”, a los que sedujo en campaña con promesas infundadas. Para ser honestos, es un gran deporte nacional el acomodo por cercanía y no por méritos. Sencillamente, despreciable en teoría pero no en la práctica. “Hay que ser pragmáticos”, repiten radicales y peronistas cuando “los cerdos” no los ven. De otros partidos, también. Hay muchos “Borocotós”.

Así somos, por lo menos, gran parte los argentinos. ¡Curioso! El campo, los más ricos del campo, hicieron un paro salvaje, justo en los 4 días en que la humanidad sufre un coletazo mortal, y la prensa no cargó las tintas por la inoportuna y egoísta medida, a 90 días de asumir Alberto Fernández.

Se ignoran los pronósticos de científicos. El autor de estas líneas vio el año pasado en el Malba, una proyección de la película “La peste”, de Luis Puenzo, hoy a cargo del Incaa, donde habla de períodos en los que se abate el infierno para sucederse después el paraíso festivo, en un ciclo por ahora de nunca acabar.

Estas posiblemente inútiles disquisiciones podrían estar llenas de lugares comunes. El pez por la boca muere, es la reflexión a la que iba a apelar para comenzar con un razonamiento esquemático.

Pero no. Tomo expresiones al azar que están en el aire y espero que no sean venenosas. Graciana Peñafort, una abogada peronista y kirchnerista, a quien le escuché decir que hay que terminar con el “Ministerio de la Venganza”, después de las PASO de agosto, con las primeras luces del día de hoy, escribió en su red social: “Era una madrugada nublada, pero ahora acaba de hacerse noche en Buenos Aires. Hasta los perros miran desconcertados la repentina oscuridad, con truenos que presagian lluvia”.

El ex diputado Osvaldo Nemirovsci tildó de hdp, a los que subieron el alcohol en gel, y otros productos esenciales, más del 100 por ciento. El publicista José Luis Lammana planteó en Facebook: “Si te enteras de una persona que vino de viaje de una zona con CoronaVirus y no cumple con el aislamiento…¿Qué haces?A – Le pedís amablemente que se aisle B – Lo denuncias C – Lo recontra cagas a trompadas por HdP. Decenas de respuestas. Rescato la del afable analista Carlos Fara: “Opción A: depende de lo que se entienda por amablemente”.

Época oportuna para releer “La Peste”, de Albert Camus o ver la pelìcula de Puenzo

De los futboleros ni hablemos. Algunos piden poner pantallas fuera de los estadios. Otros, más conscientes, sacaron a patadas de los vestuarios a los llegados de “afuera”. En la Facultad de Derecho, los estudiantes que regresaron de Europa, van sin ninguna preocupación a clase. Se vienen los cursos a distancia. En uno de los clubes más selectos, con tres sedes sociales, hombres y mujeres escuchan azorados el relato de sus peripecias en el viejo mundo, de amigos (¿?) con los que comparten asados y juegos lúdicos. ¿Ellos harían lo mismo?

Interpretaciones capciosas al margen, repaso aglomeraciones en los supermercados y en los centros de salud. Hay falta de conciencia por lo que está pasando. Desabastecido de papel higiénico (y eso que no estamos en Venezuela), un dirigente de un famoso club de barrio, de una calidez arrolladora, hace una comparación realista: “Mirá que organizados y rigurosos que son los chinos (donde se originó la enfermedad) y de que manera irresponsable actúan los italianos que nos transmitieron parte de nuestra cultura: No pasa nada. La vida es un carnaval…de algo nos vamos a morir”.

“Y, sí, muchos no irán a trabajar por motivos reales, pero ya que estamos dale que va, hay que sumarse al ocio. Más que tormenta, es la excusa perfecta para holgazonear”, observó sin medias tintas.

Las redes modernas destilan furia. La fogonean comentarios radiales, escritos y televisivos de los Leuco, los Majul, los Fernández Díaz, los Grabois, los Víctor Hugo Morales (quien de paso dijo que no tomará ninguna precaución), los Sylvestre, los Lanata sin filtro y los oscuros caniches que lo siguen, las Laura Di Marco, etc, etc…. “Está comprobado – me apunta alguien a quien respeto por su generosidad – que el odio vence al amor y que el miedo pulveriza a las convicciones”. ¡A la pipetúa! Por algo, Francisco y sus obispos hablan del Diablo y del mal. Está todo mezclado.

Por el cable, el periodista Carlos Pagni, habló de un “apriete” del diario La Nación y jueces de Comodoro Py, hecho en la época del fugaz macrismo, que luego le sirvió de excusa, para despotricar (con buenas y malas razones) contra el kirchnerismo. El jefe de gobierno porteño, estornudo sobre su mano, mientras su ministro de Salud recomendaba lo que no se debe hacer para no contagiar el virus. Se dio cuenta enseguida y lo aprovechó didáctica y marketineramente: “Que boludo que fui …. son prácticas arraigadas”. Le salió bien, según el lugar desde donde se mire, como diría Fara.

Esta nota podría ser inagotable. Algunas otras acotaciones. Cientos de personas en edad de riesgo se aglutinaron el viernes en un centro privado, en cercanías del Hospital Militar Central, sobre la avenida Luis María Campos. La gente pasaba por la acera tapándose con el codo bocas y narices. Se miraron con asco.

En los centros de venta mayoristas, los pudientes hacían hasta tres horas de cola para adquirir productos esenciales, ante la “guerra” que se avecina. Algunos, menos tacaños, decidieron ir a grandes supermercados (también atestados de multitudes y con mercadería faltante) para comprar pagando unos cuantos pesos más. Ofertas salvajes, imposibles, rezan algunas de las publicidades.

Mi oftalmóloga puso carteles en su consultorio, advirtiendo a los pacientes que deberían informar si acababan de venir de “la vieja” Europa, Estados Unidos, Corea del Sur o China.

“No sabe cuántos están aquí y ocultan el riesgo que transportan. No les importa nada”, comenta poniendo distancia con sus brazos estirados para que no la salude con un beso, como era algo habitual. Poco faltó para que me hiciera un gesto con una pierna para espantarme. ¡Hay que despertar!

No se si la vida será carnaval o cuatro días locos como cantaba Alberto Castillo, pero alguna precaución equilibrada habrá que tomar, sin que cunda el pánico. “Seré Pitufo, pero no boluda”, enseñaba una anciana sabia en los menesteres de la lucha cotidiana. Lo haré cambiando la vocal por o y listo. E parece ridículo a juzgar por lo que estima el escritor Pérez Reverte. Declaró que no sirve para nada. Tenemos 3 mil años de civilización occidental en nuestros aparatos inteligentes, y “nos ocupamos de mandar mensajes con gilipolleces”.

Pensaba leer diarios para apoyarme en estos comentarios. Terminé con un vuelo de pájaro impulsivo y lo largo al aire como si estuviera hablando con el psicólogo. ¿Servirá para algo?

Un jurista, Rosler creo que se llama, habló de las reglas de derecho que en nuestro país (quizá en otros también, no seamos tan fatídicos) “van cambiando de acuerdo con la amistad o enemistad”, como si se tratara del acordeón de Pichuco o Piazzolla, genial y jodido a la vez. ¿Cómo Woody Allen?

No digo más. Dejemos de alucinar. Busquemos sentidos en nosotros mismos. Si es democrática y colectivamente mejor. Con poco equipaje y muchos proyectos. Ahora: ¿Qué raro, no aparecen platos voladores para distraernos? ¿Tuvo razón Charly García, cuando en época de botas militares, profetizaba que los dinosaurios iban a desaparecer?

Periodista. Trabajó en Crónica, NA, DyN, Clarín, Televisión Pública, Canal 13, La Nación y en el diario Río Negro. Becado por la Universidad de Harvard, asistió a cursos de perfeccionamiento en Boston, Estados Unidos. Además estudió en Alemania y Francia.

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